Hoy llevamos sus nombres hasta el cielo,
con flores y una vela entre las manos;
la oración va buscando su consuelo
por aquellos que fueron tan cercanos.
Hay un sitio vacío en nuestra mesa,
una voz que hace falta en el umbral;
y un recuerdo que vuelve cuando empieza
a caer sobre el patio el temporal.
Recordamos sus manos laboriosas,
el pan que repartieron con amor,
sus pequeñas costumbres silenciosas,
su manera de hacernos menos dolor.
También sus días tristes, sus errores,
lo que nunca supieron explicar;
hoy, entre nuestras lágrimas y flores,
hay palabras que al fin pueden llegar.
Dales, Señor, la paz que aquí buscaron,
recibe su cansancio junto a Ti;
guarda bajo tu luz cuanto entregaron
y el amor que dejaron por aquí.
Que nuestra fe acompañe su partida,
que el rencor no perturbe su lugar;
enséñanos a honrar en nuestra vida
lo que tuvieron de servir y amar.
Al regresar del camposanto, queda
un poco de noviembre en el andar;
y una ternura humilde que nos lleva
a cuidar a quien podemos abrazar.
Por nuestros fieles difuntos rogamos
cuando la tarde apaga su fulgor:
en tus manos, Señor, los confiamos;
en las nuestras perdura su calor.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 2 de noviembre de 2026 a las 02:21
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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