Desde niño me enseñaron que Cristo vino a la Tierra,
a proclamar la verdad y a terminar con la guerra;
que murió crucificado por salvarnos del pecado,
y al tercer día resucitó, victorioso y coronado.
Me hablaron de un Dios eterno, de un Mesías celestial,
de campanas y de incienso, de un templo espiritual;
de un Jesús entre las flores, con su rostro angelical,
de una imagen en la cruz, silenciosa e inmortal.
Así crecí, con la esperanza de encontrarlo en el altar,
entre velas encendidas y plegarias al rezar;
persignándome ante imágenes, aprendiendo a venerar,
sin saber que el verdadero estaba en otro lugar.
Pero la vida, en sus caminos, me enseñó otra realidad,
me mostró que entre los pobres también vive la divinidad;
que no siempre está en los templos, ni en palacios de esplendor,
que a veces viste harapos y se alimenta del dolor.
Lo encontré por la Amazonía, donde reina la pobreza,
donde el hambre y el abandono se disfrazan de tristeza;
lo encontré sobre una cama, entre llagas y quebranto,
con los huesos descubiertos y los ojos llenos de llanto.
Lo miré en una silla oxidada, sin poderse levantar,
en un cuerpo discapacitado que no deja de luchar;
en el rostro de un enfermo que no encuentra medicación,
y en una madre que se agota entregando el corazón.
Lo encontré en aquella esposa que no duerme por cuidar,
en la hija que entre lágrimas ya no puede descansar;
en las manos de una madre que no se cansa de amar,
aunque el peso de la vida la esté haciendo desmayar.
Y una pregunta, como un grito, se instaló en mi pensamiento:
¿Acaso existen dos Cristos separados por el tiempo?
¿Uno vive entre las joyas, en altares de esplendor,
y el otro muere en silencio, esperando algo de amor?
Uno tiene flores frescas, oro, incienso y devoción,
miles de fieles que se inclinan con ferviente adoración;
el otro extiende sus manos, suplicando una moneda,
mientras pasa indiferente la humanidad que lo rodea.
Uno está tallado en yeso, en madera o en cristal,
con un rostro inmaculado, con belleza celestial;
el otro tiene carne y huesos, tiene hambre y enfermedad,
tiene heridas que no sanan y un dolor de soledad.
Cristo está en aquel anciano que olvidaron sus parientes,
en el niño de cara sucia que camina entre la gente;
en sus ojos hay preguntas que no puede comprender:
¿por qué otros tienen juguetes y yo no tengo qué comer?
Está en la niña abandonada, cuya infancia se quebró,
en la mujer que creyó en el amor y su dignidad perdió;
en el hombre que, sin techo, busca dónde descansar,
y en quien carga una dolencia que no puede remediar.
¡Qué contradicción tan grande la que vive la humanidad!
Construimos templos inmensos y olvidamos la caridad;
encendemos mil cirios para honrar al Redentor,
pero apagamos la esperanza de quien necesita amor.
Besamos cruces de madera con profunda devoción,
pero al pobre le negamos una mano y compasión;
le cantamos bellos himnos al Jesús crucificado,
pero ignoramos al hermano que agoniza abandonado.
Hemos hecho de su nombre un negocio y un mercado,
entre joyas y reliquias su mensaje fue olvidado;
muchos hablan del Evangelio, de justicia y salvación,
pero cierran sus oídos ante el grito del dolor.
¡Oh, mi Cristo! ¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado con tu voz?
Si dijiste que en los pobres encontraríamos a Dios;
si en el hambre y en la sed, en el enfermo y el herido,
nos dejaste tu presencia, tu mensaje y tu sentido.
Hoy comprendo que tu templo no es tan solo una construcción,
que también vive en los pobres que reclaman compasión;
en el rostro de una madre que no deja de cuidar,
en el cuerpo de un enfermo que no deja de esperar.
No te busco entre las joyas, ni en altares de esplendor,
ni en las frías esculturas que despiertan devoción;
yo te encuentro en el camino, donde habita el sufrimiento,
donde el pobre necesita una esperanza y un aliento.
Porque amar no es solamente arrodillarse a suplicar,
ni besar una figura, ni mil veces persignar;
amar es tender la mano, compartir lo que tenemos,
es levantar al caído y aliviar sus sufrimientos.
Es servir sin recompensa, sin aplausos ni intereses,
es cuidar al que está enfermo, aunque pasen muchos meses;
es mirar al abandonado sin temor ni indiferencia,
y devolverle al que sufre la esperanza y la existencia.
Hoy ya sé dónde encontrarte, mi Jesús resucitado,
no solamente en los templos ni en un cuerpo crucificado;
estás vivo entre nosotros, en la humilde humanidad,
en los rostros que reclaman un poquito de bondad.
Y si un día me preguntan dónde está mi Cristo amado,
no señalaré una imagen ni un altar ornamentado;
les diré: ¡Vayan al mundo, donde existe el sufrimiento,
allí encontrarán a Cristo, respirando en cada aliento!
Porque Cristo no está muerto, vive en cada corazón,
en el pobre, en el enfermo, en quien clama compasión;
no lo busques entre muertos, ni en riquezas ni esplendor,
¡Cristo vive entre los vivos, donde hace falta el amor!
Y hoy termino este poema con una verdad que he sentido:
no es que existan dos Cristos, es que uno ha sido dividido;
uno vive en nuestras imágenes, otro clama en el dolor,
y ambos nos hacen recordar el mandamiento del amor.
No lo busques entre muertos, ni en riquezas ni esplendor,
Cristo vive entre los vivos, donde hace falta el amor.
«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lucas 24:5).
— El Ermitaño Soñador
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Autor:
Ermitaño Soñador (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 1 de noviembre de 2026 a las 15:58
- Comentario del autor sobre el poema: No condeno la fe de quien se arrodilla ante una imagen, ni la devoción de quien camina kilómetros para venerar a Cristo. Cuestiono nuestra indiferencia cuando, después de salir del templo, somos incapaces de reconocerlo en el hermano que sufre. Porque de nada sirve levantar las manos al cielo si somos incapaces de extenderlas hacia quien necesita nuestra ayuda. La verdadera fe no solamente se predica, se demuestra. No solamente se reza, se practica. Y no solamente se venera a Cristo, también se sirve a Cristo cuando servimos al prójimo.
- Categoría: Religioso
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Ale Aguilar Moreno, huertero, El desalmado, alicia perez hernandez

Offline)
Comentarios2
Cristo mandó a su iglesia a amar al prójimo como a uno mismo y a veces se nos olvida que esa es la base de todos los mandamientos que nos mandó, a veces cuando uno está bien se le olvida que antes sufrió y que puede estar de nuevo en la posición en la que están los que sufren. Gracias por recordarme que Cristo quiere que ame a mi prójimo y y que lo puedo encontrar en cualquier lugar.
Hola Ermitaño
Este poema es una auténtica obra de arte para el alma.
Logras desmantelar la frialdad de la devoción superficial para devolvernos la mirada hacia lo que verdaderamente importa *el prójimo*
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