Me voy con el equipaje templado por dos febreros de salitre, cargando un peso que no hunde la barca, sino que la empuja hacia el centro limpio del mapa.
Atrás queda la Isla: el rumor antiguo de la Aurika custodiando el sueño, la tiza de Cristóbal y el pulso de Bartolomé marcando en las costillas una geografía insondable. Dejo en estas orillas mi asombro de los catorce años, aquel temblor frente al acento extraño y la luz vertical de un sol que no perdonaba la sombra.
Pero el tiempo no pasa en vano sobre la piel. Me llevo el título clandestino de «Rey Alcides» grabado en la frente, la cartografía invisible de una cicatriz que Carol cerró con ternura, y el humo espeso del potaje pinero latiendo en la médula.
Cuba ya no fue solo un país: fue un útero de madera y salitre, un taller donde la arcilla humana se moldeó entre manos negras, blancas y canelas. Allí comprendí, sin manuales ni urgencias, que la gratitud es la forma más alta del entendimiento, y que un hombre solo es libre cuando se sabe amado por extraños que de pronto se vuelven casa.
Ahora, la proa apunta hacia el verde profundo de Las Villas, hacia el pulso encendido de Santa Clara. Alzo la mano hacia la costa que se desvanece en espuma: gracias a los que me dieron mesa, pupitre y beso breve.
No regreso siendo el mismo extranjero que desembarcó con miedo; soy un hombre nuevo que lleva una Isla entera latiendo en el pecho, porque he descubierto, al fin, que la patria no es el suelo donde uno nace por azar, sino el refugio inviolable de los amigos que nos dejaron quedarnos para siempre.
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Autor:
Alcides R. Chavarría (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 31 de octubre de 2026 a las 08:38
- Comentario del autor sobre el poema: El pulso final de la travesía de un día de viaje y llegar a la Isla de la Juventud a los catorce años —cargado de temores ante un acento desconocido, frente a un sol que parecía medir la resistencia de cada forastero— fue, en retrospectiva, una violenta e luminosa iniciación a la vida. Dos años más tarde, con dieciséis cumplidos y la maleta rebosante de memorias, el tránsito exigía un nuevo desplazamiento: dejar atrás el refugio insular para adentrarse en el corazón de la Isla Grande del archipiélago cubano, en el verde intenso de Las Villas y el pulso histórico de Santa Clara.\r\n\\\"Archipiélago de los Encuentros: El desembarco en la luz\\\" nace exactamente en ese umbral geográfico y existencial. Es el poema que clausura Bitácora de la gratitud porque representa el momento exacto del desprendimiento: la mirada fija en el horizonte marino que se disuelve, el último destello del rumor de la Aurika, la huella indeleble de los mapas trazados por Bartolomé y Cristóbal en el aula, y la certeza de que el miedo inicial se había convertido en un abrazo colectivo.\r\nEste texto no busca cantar al dolor de la marcha, sino a la alquimia de la maduración. A los dieciséis años comprendí que la identidad no es un territorio estático, sino una construcción coral hecha de manos negras, blancas y canelas, de cicatrices sanadas con afecto y de la lección más alta que un joven puede recibir: que la gratitud es la forma más noble de la inteligencia.\r\nAl cerrar este libro con este poema, quiero dejar constancia de que no soy el muchacho desorientado que desembarcó tiempo atrás. Parto hacia el centro de Cuba sabiendo que ya no existe el exilio interior para quien ha descubierto que la verdadera patria no es el suelo donde uno nace, sino el corazón de los amigos que nos enseñaron a pertenecer.
- Categoría: Sin clasificar
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- Usuarios favoritos de este poema: Alcides Chavarría🇳🇮
- En colecciones: Bitácora de la Gratitud.

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