Cumplí mis primeros hermosos sesenta y cuatro años de vida. Aún tengo dos piernas funcionando al cien por ciento, unos siete u ocho kilómetros diarios de caminata y media horita de ejercisios cuatro veces a la semana. Mis ojos siguen viendo al colibrí en el áloe y la salvia, a las mariposas negras, amarillas y blancas visitando las flores de lantana, junto a las abejas. Mis brazos siguen abrazando, mis manos acariciando. Mis oídos escuchan cada mañana un concierto de aves, y en las tardes el viento moviendo las ramas del aguaribay que asemeja al sonido de las olas del mar. El cerro cambia de color frente a mis narices y aun lo puedo ver. Hablo mucho, canto desafinado y sé besar lindo, todavía. Sigo amando la vida, un poco más que antes y con menos apego. ¡Aprendí a amar a distancia! ¡Hermosura de hijos, de los míos y los que fueron acercándose a través de ellos como nueras y yernos! Me regalo esta estancia terrenal. ¡Preciosos nietos y un par de grandes amores que exaltaron mi alma! También aprendí lo que es amar de ida, sin que lo esperado regrese, y sin embargo me deleito en esa amorosidad que es perfecta en sí misma. En otras ocasiones recibo más de lo que doy y me siento extraordinariamente afortunada. Ya no busco identidad en el hacer y disfruto de la holgazanería sin culpa. Comprendí que vivir no precisa de justificación; con ser verdad y amar es suficiente. Entendí que la paz no se negocia y que es el resultado de una conciencia limpia y un corazón honrado… nada que pueda comprarse en un mercado. Mis escaseces terminaron hace tiempo y no por acumular más o cumplir deseos temporales, todo lo contrario: restar fue la mejor manera de comprender que siempre tengo más de lo que necesito. Mi fe aumentó considerablemente año tras año a consecuencia de ver tantos milagros en mi vida y en las vidas ajenas, aún aquellas que no se percataban de cuánto recibían. Tengo veintitrés mil trescientos ochenta días vividos entre risas, llantos, alegrías, tristezas y neutros... y mi conclusión es que la vida es bella y no me debe nada más de lo que quiera darme de ahora en adelante. A cada demostración de gratitud de mi parte se le suma un regalo del Universo que me llena de gozo y, cuando lloro o me entristezco, ¡un atisbo de luz aparece al final del túnel! Como dice la canción que tan bien cantaba la Negra Sosa: ¡Gracias a la vida que me ha dado tanto! Y gracias a mi capacidad de reconocerlo.
Andrea
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