Antropología de la vulgaridad.

El cronista sin puerto

O la zoología de ciertos caballeros

Qué curiosa especie la del hombre embriagado:
se le llena la boca de hombría,
se le vacía la cabeza de juicio
y termina confundiendo la lujuria
con alguna forma de filosofía.

Basta una botella para fundar el imperio,
un parlante para convocar al consejo,
una mujer bailando para que los sabios
abandonen sus escasos conocimientos
y se gradúen, por unanimidad,
en la universidad del pellejo.

Uno me tomó por la espalda.
Quería canciones.
Qué simpático primate:
no le bastaba exhibir el repertorio de sus miserias;
también necesitaba un músico
que le acompañara los disparates.

Después vino el noble ejercicio de la palabra:
la obscenidad disfrazada de ingenio,
la grosería ascendida a arte
y aquella inteligencia colectiva
que apenas alcanza para celebrar
la estupidez individual.

¡Qué grandes observadores del género humano!
¡Qué insignes doctores del deseo ajeno!
Si semejante talento para hablar de otros
se hubiera empleado alguna vez en conocerse,
quizá esta noche tendríamos pensadores
en lugar de bufones buscando escenario.

Yo los miraba.
No con miedo: con esa fría curiosidad
que despierta un insecto al caminar en círculos
convencido de haber descubierto el mundo.

Vengo de un puerto de mar helado,
de calles donde el plomo no es metáfora,
donde uno aprende pronto que la vida
no siempre concede una segunda estrofa.

Mi madre me enseñó otras maneras;
el Callao, a reconocer las intenciones.
Entre ambos me dejaron una extraña herencia:
educación para tratar con caballeros,
calle suficiente para reconocer bufones.

Y, sin embargo, allí estaban,
los emperadores de una noche alquilada,
coronados con espuma de cerveza,
dueños de todas las conversaciones
y de absolutamente nada
cuando se apagaran las canciones.

Yo también tenía versos.
Podía devolverles la cortesía,
ponerles un espejo delante de la boca
y rimarles cada obscenidad con su apellido.
La lengua me ardía.
El puerto entero golpeaba mis costillas.

Pero aquella noche me marché
sin pronunciar la sentencia.
No por falta de palabras,
ni por temor a la respuesta,
sino porque hay espectáculos miserables
que se derrumban cuando les falta audiencia.

Y, aun así, me fui con la rabia.

Todavía me pregunto qué celebraban:
si la bebida, el ruido o la conquista imaginaria
de una superioridad que solo existía
mientras los otros festejaban sus gracias.

Aquella mujer tenía un nombre,
una historia que ignoraban por completo,
una voluntad que no les pertenecía
y una vida que no cabía en sus comentarios.

Ellos, entretanto, la habían convertido
en argumento de sus bufonadas.
No por conocerla, sino precisamente
porque ignoraban quién era.

Qué prodigio el de ciertos caballeros:
necesitan tan poco conocimiento
para pronunciarse sobre una persona
y tanto público para sentirse inteligentes.

Mañana se afeitarán,
saludarán al vecino,
hablarán de respeto, trabajo y familia.
Ningún diploma registrará sus hazañas;
ninguna biografía mencionará
su doctorado nocturno en vulgaridad.

Y yo, que he venido a estudiar al hombre,
anotaré con mi habitual melancolía:

La civilización es un fenómeno curioso.
Algunos necesitan años para cultivarla;
otros necesitan apenas dos cervezas
para demostrar que nunca la conocieron.

Pero no me absuelvo de la escena.
También yo quise ser verdugo con las palabras,
también yo imaginé el golpe perfecto,
la rima que les helara las sonrisas,
el verso que inclinara la balanza
y me devolviera intacto el orgullo.

Quizá la diferencia no consista
en carecer de la misma rabia,
sino en decidir qué hacer con ella
cuando nos reclama la garganta.

Firmado:
un chalaco que aquella noche
no encontró rivales,
sino material de estudio.

  • Autor: El Cronista sin puerto (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de octubre de 2026 a las 22:06
  • Categoría: Carta
  • Lecturas: 1


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