El mundo ha renunciado a su credo; todos callan obstinados, todos menos las golondrinas. Ellas siguen cantando su himno: el idioma de la tragedia y el destino. Del amor sangrando por los dientes poco hemos reflexionado ni le prestamos ya atención a la luna tendiendo su fría leche de cocina. Todos callan obstinados este dolor que destiñe el tirante azul del cielo; soy uno más, tránsito como todos esta amarga escena. «¿Qué llorar?», me pregunto ahora. Miro el nacimiento y la muerte a toda hora en estos tiempos dados al patoterismo, a la elegancia de exhibir la risa inoportuna ante la muchedumbre que alaba la seda y no al gusano. El hoy está cada vez más lejano, es un colibrí en el aire buscando un cielo de moho sin nubes; allá afuera, la tarde se acurruca en el asombro de una luna ajena y sola, una luna dispuesta a desatar los cabos que ha atado el tiempo a la medida exacta de la muerte. Mi muerte espera sola, me espera despojada y desnuda en la noche cerrada, con los ojos que le llovizna como un poema triste leído letra a letra. Me iré como un nudo de algas flotando hacia el corazón del mar; extenderé mi sonrisa para despertar los recuerdos, llorar el viaje, liberar el amor que no llegué a regalar. Solo así me podré ir como llegué, sin ton ni son, fugaz y eterno.
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Autor:
Diego M. Ferreira (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 28 de octubre de 2026 a las 14:44
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 2

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