Verso Libre XVII La corona del séptimo sol

Eros Corzo Camacho

Cuando la sangre del alba golpeaba las montañas
y el mar abría sus puños de sal y cristal,
surgió de las entrañas dormidas de la tierra
un corazón vestido con la piel del universo.

 

Traía en los ojos la profundidad del océano,
la furia de los astros, la paciencia de la piedra,
y en sus manos ardían, como frutos incansables,
las semillas invencibles de una primavera eterna.

 

Seis maestros alzaron sus dominios
como seis cordilleras intentar tocar el cielo;
seis antiguas verdades, seis relámpagos,
seis nombres fundidos en el crisol del acero,
forjándose en una sola espada.

 

Cada uno había bebido de las fuentes del saber,
cada uno había puesto de rodillas a su destino,
y en sus frentes brillaban sus victorias
como lunas de oro sobre un templo antiguo.

 

El prodigio, silencioso,
con la inmensa humildad de los volcanes,
con un incendio blanco entre los huesos
y un huracán como soplido de Dios en la sangre.

 

El primero lanzó su arma de certezas,
y el joven la quebró contra el horizonte;
el segundo levantó murallas de palabras,
y el prodigio las volvió polvo en el viento de la noche.

 

El tercero escondió la luz bajo la tierra,
pero el muchacho hizo florecer las piedras;
el cuarto encadenó los astros del espacio,
y él soltó las estrellas una a una,
como pétalos de una flor eterna.

 

El quinto trajo el peso de los siglos,
la voz de los imperios extinguidos;
el joven respondió cargando el peso del mundo
y temblaron las voces de los mármoles antiguos.

 

Entonces vino el sexto, terrible como el invierno,
coronado de triunfos, de silencio y de ceniza;
llevaba entre sus manos todas las derrotas ajenas
y en su pecho dormía la soberbia de los días.

 

Se enfrentaron.

 

La tierra abrió sus grietas, rugieron los océanos,
y hasta el viento, que nunca inclina la cabeza,
se detuvo a contemplar el choque de sus manos.

 

No venció el prodigio porque fuera de hierro,
ni porque los dioses le prestaran su fuerza;
venció porque guardaba, debajo de la carne,
un universo entero que ningún maestro encierra.

 

Y cuando el sexto cayó sobre el polvo,
los otros cinco inclinaron sus frentes;
seis soles apagaron sus coronas
ante un alba que nacía entre la gente.

 

Pero el joven no gritó su victoria,
ni reclamó los templos ni los tronos;
recogió del camino una pequeña flor silvestre
y siguió caminando entre los hombres.

 

Porque sabía que el saber no tiene dueño,
que ninguna cumbre clausura la montaña,
que quien derrota a seis gigantes en la tierra
aún debe conquistar su propia alma.

 

Y allá va, con el pecho lleno de horizontes,
con seis victorias ardiéndole en las venas;
no hay corona que le mida la grandeza,
ni hay noche que le apague las estrellas.

 

¡Que lo sepan los mares y las piedras,
que lo anuncien los vientos y los ríos!
Hay prodigios que no nacen para ser grandes:

 

Nacen para que lo imposible
recuerde que también puede ser vencido.

  • Autor: Eros Corzo Camacho (Online Online)
  • Publicado: 28 de octubre de 2026 a las 14:07
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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