Donde Termina La Noche, Comienzas Tu

Luis Barreda Morán

DONDE TERMINA LA NOCHE, COMIENZAS TÚ

Hay noches en que la luna
parece una herida blanca
abierta sobre mi ventana,
y el silencio,
ese animal antiguo que habita las paredes,
viene a sentarse conmigo
a pronunciar tu nombre.

Entonces comprendo
que la distancia no se mide en kilómetros,
sino en la cantidad de veces
que mi cuerpo busca el tuyo
sin encontrar más que sábanas
y una sombra tibia de recuerdos.

¡Cómo quisiera que llegaras!

Que la puerta se abriera
y entrara contigo el mundo,
que tus pasos desordenaran la noche
y tus manos,
con la sabiduría secreta de la ternura,
me enseñaran otra vez
el idioma de la piel.

No te pediría promesas.
Me bastaría tu presencia,
tu cansancio descansando sobre mi pecho,
la paz de saberte cerca,
el pequeño milagro de tu respiración
confundiéndose con la mía.

Y después,
cuando el amor nos dejara en silencio,
quisiera contemplarte
como se contempla el mar después de la tormenta:
con asombro,
con gratitud,
con ese temblor que siente el alma
cuando ha tocado algo infinito.

Pero aquí estoy,
sola frente a las horas,
con un deseo que no conoce puertas
y una memoria que no sabe dormir.

A veces cierro los ojos
y te invento llegando,
no como llegan los hombres a una casa,
sino como llega la primavera
a un árbol que ya se creía muerto.

Te imagino sonriendo,
apartándome el cabello de la frente,
descubriendo en mis labios
la respuesta a todas tus preguntas.

Y sueño.

Sueño que la madrugada nos encuentra
sin prisa por vestirnos de ausencia,
que el alba se demora en las cortinas
porque también desea contemplarnos,
que el tiempo, vencido por nuestros cuerpos,
se arrodilla humildemente
y nos concede una hora más.

¿Sabes qué me duele de amarte?

No es solamente que no estés,
sino que desde que llegaste a mi vida
hay lugares dentro de mí
donde antes cabía el universo
y ahora solamente cabes tú.

Te has vuelto raíz en mi pensamiento,
fuego escondido bajo mis inviernos,
una canción que mi sangre repite
aunque mis labios permanezcan callados.

Y no quiero arrancarte.

Prefiero esta dulce condena
de llevarte conmigo a todas partes,
de encontrar algo de ti en la lluvia,
en el olor de la tierra mojada,
en la última estrella que se resiste
a desaparecer del cielo.

Sin embargo, amor,
hasta los sueños necesitan manos,
hasta la esperanza reclama un abrazo,
y mi corazón, que tanto sabe esperarte,
ignora cuánto tiempo puede vivir
alimentándose de tu recuerdo.

Ven cuando puedas,
pero ven con el alma despierta.

No traigas flores para disculpar la ausencia;
trae tus ojos, tu risa, tu verdad,
y ese deseo de quedarte
que convierte una habitación cualquiera
en el lugar más hermoso del mundo.

Porque yo no quiero ser
la mujer que visitas en tus sueños,
ni un nombre perdido entre tus pensamientos.

Quiero ser el refugio
donde tus miedos pierdan la voz,
la caricia que reconcilie tu cuerpo con la vida,
la compañía que elijas
cuando ya no quede nada que demostrar.

Y si alguna noche me encuentras llorando,
no preguntes qué tristeza me ha vencido.

Acércate.

Tal vez sean solamente estas lágrimas
que nacen de quererte tanto,
de sentir que la felicidad tiene tu rostro
y que mis brazos,
aunque todavía no puedan alcanzarte,
conservan intacto
el lugar donde habrías de quedarte.

Mientras tanto,
la noche seguirá creciendo tras los cristales
y yo guardaré una luz encendida.

No porque tenga miedo de la oscuridad,
sino porque hay amores
que merecen encontrar el camino de regreso.

Y tú,
mi inesperada manera de sentirme viva,
mi dulce desorden, mi horizonte,
si alguna vez te preguntas
qué hace mi corazón cuando no estás,
recuerda esto:

no deja de latir por sí mismo;
late, también,
por el mundo que descubrí
el día en que aprendí a amarte.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Noviembre, 2022
Género; poesía lírica 
Forma: verso libre.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 28 de octubre de 2026 a las 00:50
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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