El mes de mayo dejó una escalera

Eduardo Villacal (seudónimo)

El mes de mayo
dejó una escalera apoyada contra la niebla,
y la niebla, por pura cortesía, te dejó subir.


Mis ojos son dos peces de vidrio esmerilado
nadando en el vapor de una cafetera.
Los tuyos, en cambio, son cerraduras
cerradas desde adentro.


En medio del invierno, un sol austral
levanta lentamente la cabeza
como un perro cansado
que de pronto reconoce alguna voz.


Por mi ventana pasa
una ciudad entera
donde la gente habla
con la boca de otros.


Debajo duermen los océanos
que aún no conocen la Tierra,
los besos que perdieron su destino,
las palabras que alguna vez
estuvieron a punto de ser dichas.


Anoche llovió sobre las estrellas.
Los relámpagos eran raíces de luz
desde la noche hasta la tierra.
Y los truenos, enormes animales ciegos,
arrastraban sus huesos
por los pasillos de las nubes.


Después de la lluvia, de la más hermosa,
y de su manera interminable
de acariciar lo que desaparece,
quedó una bruma suspendida
sobre las últimas constelaciones.


En el fondo dormía una mujer
vestida solo con tu sombra,
con un racimo de tormentas
creciéndole en el pecho.


Y hubo un último relámpago.
Siempre hay un último relámpago.
Tan blanco que, como una hendija,
dejó entrever un poco de la eternidad.
Después alguien cerró la puerta
del fondo de Dios.


Y yo me quedé con las manos llenas
de tu mes de mayo.
Sin saber dónde ponerlo,
lo guardé en el bolsillo de un saco ajeno.
El saco se fue caminando calle abajo
con tu mayo adentro.


Al final, la luna bajó a lavarse
tu cara en el charco de otro patio,
y escupió una constelación chiquita
que todavía parpadea
como un ojo que no termina de cerrarse

  • Autor: Eduardo Villacal (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 27 de octubre de 2026 a las 08:45
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2


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