Levantar el vuelo sin alas, -despojarse del cuerpo para entregarse a los elementos-, como quien regresa a casa tras un largo viaje. No hay que temer a la disolución de la forma; apagar el faro humano, no es llamar a la penumbra, sino el evento de abrir las ventanas de par en par porque el verdadero amanecer ya enciende rojo el horizonte.
En este retorno sagrado, el fin se descubre hermano del principio, y el tiempo se vuelve un ciclo perfecto. El alma regresa a su esencia pura, navegando en el vaivén eterno de las olas del mar, respirando en el latido verde de la espesura del bosque y descendiendo con la pureza de una lluvia que germina la tierra. La piel se despide, pero la ausencia se transforma en una presencia constante que habita en la espuma blanca del mar, en el murmullo del viento sobre los pinos y en el aroma a tierra mojada de las primeras lluvias.
Al final, no queda el vacío de la fosa ni la frialdad del olvido, sino el eco limpio de la palabra, -que habitara en la memoria de las personas que amaron tu ser-, el rastro de la sal, la lava que desciende de un volcán y el abrigo de los recuerdos que jamás naufragan.
Morir así es integrarse a la inmensidad del todo, sabiendo que el fin de la página del libro, la hoja que cae y la última rayo de una tormenta no son un final, sino el principio de una metáfora de un nuevo verso y puente eterno hacia el origen de la vida.
Triste Trovador
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Autor:
TRISTE TROVADOR (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 27 de octubre de 2026 a las 02:00
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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