En las noches todavía la extraño, lo que me avergüenza es recordar hasta dónde llegué para que se quedara.
Hubo un tiempo en que repasaba lo que iba a decirle antes de abrir la boca. Si se quedaba callada, empezaba a buscar qué había hecho mal. A veces le pedía perdón y solo después, cuando estaba solo, intentaba entender por qué. Pensaba que, si conseguía no molestarla, dejaría de sentir que en cualquier momento podía perderla.
Cuando se marchó, tardé en acostumbrarme a no tener que dar explicaciones. Aun así, seguía pensando qué le habría parecido esto o aquello, como si todavía tuviera que consultarle mis decisiones. Una vez compré algo que no necesitaba y, al llegar a casa, pensé que tendría que justificar el gasto. Me quedé parado en medio de la habitación con la bolsa en la mano. Después recordé que ella ya no estaba.
Durante una discusión, me preguntó por qué siempre terminaba haciendo que todo fuera culpa suya. Le contesté que, si no se comportara de aquella manera, yo no tendría que reaccionar así. Se quedó callada. Recuerdo que me molestó más su silencio que lo que acababa de decirle. Al día siguiente actué como si nada hubiera pasado. Ella también, y nunca volvimos a hablar de aquello.
Una noche fui al baño a lavarme las manos y me quedé mirando el espejo. Tenía la cara cansada y el pelo aplastado de un lado por haberme quedado dormido en el sofá. Me pasé la mano por la frente, luego por la mejilla. Hice una mueca para ver si cambiaba algo. No cambió nada.
Al salir, vi la silla de la habitación frente al espejo del armario. Estaba casi seguro de haberla dejado junto a la ventana. La moví de nuevo y fui a preparar café. No le di más vueltas hasta la noche, cuando la encontré otra vez en el mismo sitio.
Empecé a evitar el espejo del armario. Si necesitaba vestirme, lo hacía mirando hacia otro lado. Una noche lo cubrí con una camisa que había dejado sobre la cama. Me pareció ridículo, pero me acosté sin quitarla.
Por la mañana, la camisa estaba doblada sobre la silla.
La revisé, como si fuera a encontrar alguna explicación entre las mangas. Después miré la puerta de la habitación. Seguía cerrada. No recuerdo haberme levantado durante la noche, aunque últimamente duermo mal y hay mañanas en que no sé cuánto tiempo he pasado despierto.
Volví a cubrir el espejo.
No se lo he contado a nadie. Me cuesta explicar por qué algo así me ha hecho cambiar mis costumbres. Quizá fui yo quien movió la silla y quitó la camisa sin acordarse.
Lo extraño es que, desde aquella mañana, cuando paso frente a la habitación, tengo ganas de volver a ver mi reflejo.
Todavía no lo he hecho.
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Autor:
Bruno Gatica 1 (
Online) - Publicado: 27 de octubre de 2026 a las 01:55
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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