Entraba al aula con la bata impecable y la calma de quien custodia
los códigos invisibles que sostienen la materia,
tiza y probeta en manos acostumbradas a nombrar el mundo
con un brillo en la mirada que desarmaba cualquier fórmula fría.
Leónides Alfredo, el alquimista de la Isla que nos enseñó
que la química es el arte secreto de la metamorfosis:
el punto exacto donde la distancia se vuelve casa
para que el peso del desarraigo no nos doblara el pecho.
Cuando el laboratorio se llenaba de vapores y murmullos en ebullición,
su voz reposada cortaba el aire como una frecuencia clara:
"—Observemos con atención cómo reaccionan los cuerpos—",
y el caos de la juventud hallaba un cauce preciso,
la tabla periódica convertida en un mapa de navegación.
Porque usted sabía que para entender la transformación
primero hay que atreverse a disolver la memoria en el paisaje.
Nos enseñó que la existencia es una cadena de reacciones:
el Enlace de nuestras raíces con la brisa de Nueva Gerona,
la Solución perfecta de un umbral que se abre sin reservas,
y esa Reacción endotérmica, donde la calidez entra despacio
para temperar la escarcha de los primeros años lejos del nido.
Pero la fórmula más alta no habitaba en los textos,
sino en la confianza de nombrarme monitor de monitores en noveno grado,
en mirar más allá del pupitre y reconocerme como rama de su propia sombra;
allí me enseñó la verdadera alquimia del afecto.
Usted, el maestro de los elementos, me sacó de la teoría
para llevarme directo a su mesa, al corazón de su geografía.
Y allí, frente al humilde potaje humeante de su Madre,
donde el vapor trazaba espirales de bienvenida,
viví mi primera cena en un hogar pinero, sagrado y tibio,
sin ecuación ni algoritmo capaz de calcular
cómo el amor verdadero transmuta el mapa en un abrazo.
En el matraz de su paciencia, mi origen y esta tierra hicieron una sola sustancia,
un enlace covalente que el tiempo no podrá romper.
Hoy que miro la luz de la Isla desde el umbral de mis sesenta años,
comprendo que el pasado no es un peso, sino el combustible
que enciende la promesa de todos los mañanas.
Gracias, Leónides, por abrir la puerta sin pedir credenciales,
por borrar la frontera entre el que llega y el que pertenece,
y dejarme germinar, para siempre, como un retoño legítimo de esta Isla.
En la memoria me queda su ciencia, su bondad y aquel vapor constante
donde la química entera se volvió, finalmente, la certeza de una familia.
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Autor:
Alcides R. Chavarría (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 26 de octubre de 2026 a las 14:42
- Comentario del autor sobre el poema: Hay maestros que enseñan lecciones memorizables, y hay seres excepcionales que nos enseñan a vivir. Este poema es un tributo vivo a Leónides Alfredo Peña Turruelles —cubano de pura cepa, profesor de Química, nacido un 22 de abril de 1956, residente en el concejo popular La Demajagua, en la Isla de la Juventud (antigua Isla de Pinos). Más allá de las fórmulas, los matraces y la tabla periódica, el verdadero legado del profesor Leónides fue su inmensa calidad humana: la alquimia de abrir las puertas de su hogar y transformar el peso del desarraigo en un abrazo genuino. Una dedicatoria hecha poesía a la memoria, a las raíces y al afecto que trasciende el tiempo y la distancia.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- En colecciones: Bitácora de la Gratitud.

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