Amor…
Hoy volvió nuestra historia
en pequeños episodios.
Qué bonita era.
Nos conocimos
y hablar contigo tuvo algo de regreso,
como si nuestras almas
supieran de memoria el camino.
Me pregunto qué extraño más.
Tu manera de buscarme por la mañana,
ese buen día
con el que empezaba también el mío.
Por las noches
venías a contarme lo que pesaba:
tu trabajo, el mío,
tu mami, tus hijos,
los míos.
Entre una cosa y otra
íbamos haciéndonos un sitio
en la vida del otro.
Hablábamos de cuánto nos pensábamos,
de las ganas de estar juntos,
del miedo que daba
habernos vuelto tan necesarios.
Y luego el futuro:
la vida que imaginábamos,
nuestros apellidos juntos.
Yo los repetía para mí
y me quedaba sonriendo.
Me gustaba el entusiasmo
con el que me buscabas.
Sentir que, al terminar el día,
querías llegar a mí.
Aquí dejabas la armadura.
Podías estar cansado,
tener miedo,
no saber qué hacer.
Yo te escuchaba.
Me gustaba quién era yo contigo.
Había una paciencia en mí
que no conocía,
una ternura que encontraba
cómo acompañarte
aun en mis días difíciles.
También tú me cuidabas.
Yo podía descansar
en la certeza de importarte.
A veces me asustaba
querer tanto a alguien
que poco antes no existía en mi vida.
Entonces me hablabas
y podía quedarme,
sin miedo,
en lo que sentía.
Amaba tu sonrisa,
tu mirada,
lo que habías vivido.
Tu voz.
Esa forma tuya de escribir
que habría reconocido
sin ver tu nombre.
Amor,
yo no encontraba nada mal en ti.
Cuántas veces le hablé a Dios de ti.
Cuántas veces dije gracias
y después tu nombre.
Me sentía hermosa.
Sonreía sin darme cuenta.
Tenía más ternura para el mundo;
me alcanzaba el amor
para mirar a otros con más calma.
Qué bonito fue coincidir contigo.
Qué bonito
que entre tanta gente
fueras tú.
Amarte.
Sentirme amada.
Hoy ya no estás.
La última vez que hablamos
yo todavía creía
que habría otro día.
Intuía que algo iba mal,
pero seguía guardándote
las cosas que quería contarte.
No sabía
que tendría que aprender
a quedarme con ellas.
Aún me pregunto
cómo despiertas sin buscarme,
cómo llega la noche
y no necesitas saber de mí.
Yo todavía tengo ese impulso:
pasa algo
y quiero contártelo.
Tú ya soltaste mi mano
y yo aún te siento aquí.
Los recuerdos llegan completos:
tu voz,
una conversación,
la vida que íbamos a tener.
Después miro el teléfono.
No hay nada nuevo.
Te fuiste
y te llevaste una parte de mí.
Te fuiste
y te quedaste tan dentro.
A veces nuestra historia
parece un sueño hermoso.
Busco una señal de que también tú
te detienes a recordarla,
de que no fui la única
que siguió viviendo allí.
Me pregunto si hay alguien más.
La pregunta vuelve
y yo no tengo cómo responderla.
Pero dime:
¿dónde pusiste lo que fuimos,
el equipo que formamos,
la vida juntos que planeamos?
¿En qué momento
dejaste de esperarla?
No sé cómo terminar
con esto que ya no existe.
No sé cómo dejar de sostener
una conexión
que ya no va en dos sentidos.
No sé cómo dejar de oírte.
Todavía sé
cómo dirías: «Hola, amor».
No sé cómo dejar de pensarte
si encuentro algo tuyo
en lo que quiero contarte.
No sé cómo dejar de esperarte
si llega la noche
y aún quiero hablarte de mi día.
No sé cómo dejar de amarte
cuando habitas cada parte de mí.
-
Autor:
María del Alba (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 26 de octubre de 2026 a las 03:20
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.