ME DESPEDI

marta CARMEEN

Siempre supe que un día llamaría a esa puerta. No porque esperara una respuesta, sino porque hay decisiones que, después de tantos años, dejan de ser decisiones y se convierten en deudas.

La casa de Paula quedaba en una calle tranquila, con árboles envejecidos y veredas levantadas por las raíces. Recordaba haber pasado por allí muchas veces, sin detenerme. Aquel sábado, sin embargo, llevé conmigo una dirección escrita en un papel y la certeza de que ya no tenía derecho a seguir huyendo.

Me atendió Roberto, su esposo.

Era un hombre de rostro cansado, aunque cordial. Tardé unos segundos en reconocerlo: lo había visto una vez, muchos años atrás, cuando todavía Paula y yo hablábamos en secreto y el mundo parecía concedernos una eternidad. Él no me reconoció, o fingió no hacerlo. Le dije mi nombre. Entonces abrió un poco más la puerta.

—Paula no está —dijo.

—Lo sé. Vine por otra razón.

Roberto me observó con desconfianza. Le pedí disculpas por presentarme así, sin aviso. Después pronuncié su nombre. Paula. Y ocurrió algo extraño: hablamos de ella como si ya no existiera.

No como quien habla de una muerta, sino de alguien que hubiera desaparecido de nuestras vidas dejando apenas una habitación cerrada. Roberto me contó que Paula había enfermado durante años, que después se había vuelto silenciosa, que a veces permanecía horas mirando por la ventana sin recordar qué esperaba. Yo le hablé de una época en la que ella reía con una libertad que parecía imposible. Ninguno dijo que la había amado. Ninguno preguntó cuánto.

Recordé entonces el texto de Abelardo Castillo, *La mujer de otro*, y comprendí que la literatura no siempre inventa los abismos: a veces solo les pone nombre. También comprendí que Paula no era un territorio perdido ni una deuda que dos hombres pudieran repartirse. Era una persona. Había elegido, había sufrido, había continuado su vida. Nosotros éramos apenas dos testigos tardíos de su ausencia.

Antes de irme, Roberto me preguntó si aún la amaba.

Pensé en mentir, pero la mentira también puede ser una forma de violencia .

—La quise —respondí—. Y durante mucho tiempo confundí quererla con tener derecho a encontrarla.

Roberto bajó la mirada. No me invitó a pasar. Hizo bien.

Cerró la puerta y comprendí que algunas despedidas no necesitan ser explicadas   por quien se marcha. Basta con pronunciarlas frente a uno mismo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              Marta

  • Autor: marta CARMEEN (Online Online)
  • Publicado: 24 de octubre de 2026 a las 23:12
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2
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