Mi voz te busca con la urgencia del viento en los pinares,
quiero que mi canto sea un oleaje que te recorra entera,
un agua ciega que viaje por la penumbra de tu piel
hasta colonizar cada rincón de tu geografía de greda.
Que mi palabra trepe como una enredadera de fuego
hasta la cumbre de tus dos colinas de blanca cordillera,
y desde sus cimas de nieve y piedra perfumada,
se desplome herida, rodando hacia el abismo de tu centro.
Compañera de mi arcilla, mujer hecha de mi propia madera,
tú que habitas el incendio de mis noches de fuego
y el invierno de mis madrugadas de hielo y ceniza.
Eres el tintineo de plata que despierta mis delirios,
la lámpara encendida en medio de mis tormentas oscuras.
Tú, que tienes la doble condición de la marea:
el peso de mis tristezas y el racimo de mis alegrías.
Amada mía, campana que dobla en mi pecho,
compañera eterna en la luz y en la caída.
Pero la noche cede y se triza su caparazón de sombras.
No seremos la ceniza del náufrago ni el olvido del viento;
mira cómo mis manos de labriego despiertan en tu cintura
y cómo las semillas de este amor rompen la tierra fría.
Más allá de la distancia, tu cuerpo y mi canto se hacen nido:
amanecemos juntos, invencibles, coronados por el sol del verano.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 23 de octubre de 2026 a las 11:00
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: JUSTO ALDÚ

Offline)
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