—¿Para qué me tomas fotos? —me preguntaste.
Para recordarte toda mi vida, quise decirte. Para enseñárselas algún día a mis hijos y mostrarles quién pudo haber sido su madre. Pero me callé. Hay cosas que uno no dice porque, al pronunciarlas, descubre lo lejos que está de aquello que desea.
Mis manos solo saben escribir poemas. Mi cabeza no deja de buscar palabras, incluso cuando debería estar viviendo. Quizá sea eso lo único que puedo darte: un puñado de versos, algunas fotografías y esta manera tan estúpida de quererte, imaginando futuros que todavía no existen.
Y a veces pienso que por eso nunca me elegirán.
Porque mientras otros llegan con flores, con promesas y con certezas, yo llego con las manos vacías y un poema escondido en el bolsillo. Mientras otros pueden ofrecerte una vida, yo apenas sé escribir sobre la que me gustaría compartir contigo.
¿Quién elegiría a un niño que juega a ser poeta?
Nunca has visto a un hombre llorar, ¿verdad? Nos enseñaron que los hombres no lloran, que debemos apretar los dientes y tragarnos la tristeza como si tuviéramos el pecho hecho de piedra. Pero mira el cielo, fíjate cómo llueve. Son las lágrimas de un poeta que viaja en un taxi a tu lado, que te escucha hablar mientras escribe a escondidas, que tiene tu presencia a unos centímetros y, aun así, comienza a extrañarte.
Qué frío hace en este corazón.
No sé en qué momento se me congelaron las palabras, si siempre he tenido tantas. Quizá uno también puede morirse de frío mientras alguien le sostiene la mano. Quizá el corazón de un poeta se congela precisamente así: cuando comprende que puede escribir mil veces el nombre de una mujer y no conseguir que ella lo pronuncie como él quisiera.
Me di cuenta de que te ilusionaba alguien más. Vi las flores, escuché tus palabras y comprendí que había otro hombre ocupando un lugar al que yo, en silencio, ya había empezado a llamar mío.
Y no sé qué me duele más: imaginarte con él o saber que nunca tuve derecho a imaginarte conmigo.
Tal vez me quieras un poco. Tal vez te agrade mi compañía, mis ocurrencias, esta ternura torpe con la que intento hacerte reír. A veces, incluso, me pregunto si te quedas cerca porque te doy lástima. Y me odio por pensarlo, porque tú no tienes la culpa de que yo haya empezado a quererte más de lo que me atrevo a confesar.
Él puede regalarte flores.
Yo puedo escribirte sobre ellas.
Él puede prometerte mañanas; yo apenas sé qué hacer con esta noche. Él tiene sus certezas y yo tengo una libreta donde intento ordenar el desastre que llevo dentro.
Y, sin embargo, qué ganas de haber sido yo.
Qué ganas de haber tenido algo más que mis manos, mis versos y esta costumbre de encontrar belleza incluso en las cosas que me destruyen.
Quizá algún día te encuentres entre mis libros. Tal vez abras una página cualquiera, leas tu recuerdo sin saber que te pertenece y te preguntes quién fue aquella mujer por la que alguien escribió con tanta tristeza.
Entonces quizá recuerdes las fotografías, los taxis, las conversaciones y aquellos días en que un muchacho te miraba como si todavía fuera posible quedarse.
Y yo, mientras tanto, recordaré esta ciudad.
Cómo amé esta ciudad. Sus montañas indiferentes, sus calles empedradas, el frío que se metía por las mangas y la lluvia que parecía comprenderme mejor que las personas. Llegué buscando un refugio y terminé encontrando lugares que ahora tendrán tu ausencia.
Qué ironía: vine a Cusco para aprender a vivir y ahora estoy aprendiendo que también se puede echar de menos aquello que nunca se tuvo.
No sé si algún día seré un escritor, si mis libros llegarán a alguna estantería o si todo esto terminará olvidado en un cajón. No sé si alguna mujer leerá mis poemas y reconocerá en ellos algo digno de quedarse.
Solo sé que hoy viajo a tu lado y estoy escribiendo.
Tú miras por la ventana. Yo miro tus manos.
Y afuera sigue lloviendo.
Los hombres no lloran, dicen.
Pero yo sí.
Y no hay un solo verso en el mundo que pueda hacer que me elijas.
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Autor:
El Cronista sin puerto (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 23 de octubre de 2026 a las 03:54
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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