El Ausangate, testigo de mis tristezas;
Puquin, testigo de mi corazón;
Zarzuela, testigo de mi soledad;
Ayacucho, de mi nostalgia ahogada en alcohol.
Hoy escribo en San Cristóbal,
mirando Cusco bajo el cielo,
sus casitas trepando los cerros,
su silencio, su lluvia, su misterio.
La semana pasada subí por soledad,
hoy vuelvo a contemplar la ciudad;
hay tristezas que no piden compañía,
solo un cielo donde llorar de vez en cuando el alma mía.
La plaza guarda dioses que el tiempo no ha vencido,
y San Cristóbal sabe a quién busco cuando me siento perdido.
Y si alguna vez miras San Blas,
quizá recuerdes mis escritos,
mis versos, mis pequeñas formas de nombrar la vida.
Qué indecisión tan inútil la tuya, la de no saber a quién amar. Y qué crueldad la mía, la de seguir buscándote en lugares donde ya no tengo motivos para esperarte.
Y me descubro pensando en cosas absurdas. ¿Y si subo hasta las campanas del templo? Quizás pueda verte. ¿Y si subo hasta Viva el Perú? Tal vez estés allí. ¿Y si voy hasta San Jerónimo, donde las casitas comienzan a desaparecer entre las montañas?
Qué manera tan miserable de negociar con la esperanza: convertir una ciudad entera en la posibilidad de encontrarte.
Y mientras tanto, el viento me golpea la cara, la lluvia me cala los huesos y Cusco se extiende ante mí, indiferente, inmenso, ajeno a esta tristeza de mierda.
Abajo, la gente vuelve a casa. Yo me quedo un rato más, sin saber adónde ir, con las manos frías y esa rabia estúpida de quien quisiera arrancarse del pecho lo que siente, pero no encuentra dónde dejarlo.
Porque hay días en que ni las montañas consuelan, ni la lluvia limpia, ni escribir sirve de nada.
Hoy es uno de esos días.
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Autor:
El Cronista sin puerto (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 22 de octubre de 2026 a las 14:05
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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