La llanura huele a tiza y a lana húmeda.
Aquí abajo, las mandíbulas mastican el mismo pasto rancio,
un ritmo de pezuñas que sepulta la hierba.
Pero yo he escupido el bocado de sal,
he roto el hilo de cal que cercaba mis pasos.
Mírenme subir por los costados del granito,
donde el aire raspa como vidrio molido
y los pinos clavan sus agujas en el cielo gris.
Ellas se amontonan allá abajo, blancas, idénticas,
un mar de espaldas mansas bajo la niebla.
Mueven sus lenguas de trapo, balan su pánico dulce
porque huelen la resina salvaje en mis costados.
Dicen que traigo el invierno en los colmillos,
que pertenezco a la sombra densa del matorral,
allí donde las cosas no tienen nombre ni dueño.
Miren este fruto que cargo,
este brote limpio que no conoce el hierro del herrero.
No nació de un pacto firmado con tinta de altar,
sino de un fuego ciego, nocturno, sin leyes que lo domen.
Las otras doblan la nuca, aceptan el peso de la madera,
nacidas para arrastrar el arado hasta que la tierra las devore.
Yo no seré su bestia de carga.
Que sus risas pequeñas golpeen contra la piedra;
sus burlas son solo viento entre las espinas.
Con mis propias uñas desgarro la maleza,
abro una brecha en la carne del monte.
Mi cabeza se eleva, fría, soberana,
mientras la llanura se ahoga en su propio barro.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 22 de octubre de 2026 a las 09:38
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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