La Mente
Mira los planos que tracé en la arena:
cada tropiezo tuvo su castigo,
cada caricia vino con cadena,
y aprendí a desconfiar del enemigo.
Yo calculo la sombra del peligro,
sé dónde muerde el filo y la muralla;
conozco el peso exacto de lo vivo
para esquivar el fuego en la batalla.
Aquí se marcha firme y prevenido,
se mide la rompiente de la espuma,
se pisa sobre el puente ya crujido:
solo quien duda cruza por la bruma.
El Alma
Tú cuentas las espinas del camino,
pero olvidas el brote entre la grieta.
No nacimos atados al destino
que busca cicatriz en cal reseca.
Tú aprendiste a medir, a levantar cerrojos,
a llamar precaución al miedo de sentir;
yo aprendí en el silencio, al entornar los ojos,
que el misterio mayor consiste en expandir.
No guardo los agravios ni el tropiezo,
sé bien lo que perdona el desarmado:
mientras tú buscas la razón y el peso,
yo recibo la gracia de lo dado.
La Mente
Es fácil volar si ignoras el suelo,
si no sangraste con la sal de ayer.
Yo vigilo tu paso y tu desvelo
para evitar que te vuelvan a romper.
El Alma
No me rompe el dolor, me transfigura;
romperse es resistirse a la corriente.
Baja las armas, suelta la armadura:
aprende a confiar, hermana mente.
Tú eres la orilla que sostiene el río,
yo soy el agua que fecunda el suelo;
traza en la arena todo el curso mío:
el mapa cobra vida en el deshielo.
Antonio Portillo Spínola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 21 de octubre de 2026 a las 04:55
- Comentario del autor sobre el poema: Escribí "El mapa y el agua" como un diálogo entre dos voces que llevo dentro, y creo que todos llevamos: la Mente y el Alma. Mi Mente habla desde la experiencia y desde las heridas. Ha aprendido que cada caricia puede traer una cadena, y por eso recorre la vida con planos, murallas y prudencia. No la veo como una enemiga: su vigilancia nace del deseo de protegerme, de que no vuelvan a romperme. Pero mi Alma le responde desde otro lugar. No niega el dolor, aunque se niega a que la herida dibuje mi destino. He aprendido que protegerme del sufrimiento a toda costa también es una forma de no vivir, y que lo que de verdad me rompe es resistirme a la corriente. Por eso, cuando el Alma habla de expandirse, quise que el verso se alargara y pasara del endecasílabo al alejandrino, como si el poema respirara con ella. No quise que hubiera un vencedor. La Mente es la orilla que sostiene el río y el Alma es el agua que fecunda el suelo: ninguna tiene sentido sin la otra. Al final, la Mente vuelve a trazar en la arena, como al principio, pero esta vez dibuja el curso del agua. Para mí, el mapa cobra vida en el deshielo, cuando la prudencia deja de ser un muro y se convierte en cauce.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.