Un día como pocos, mi familia marchó de vacaciones a un pueblo en el campo. Me quedé con mi bebé en una casa grande que, para ese entonces, estaba en mal estado de construcción; no había pared en la parte trasera que conduce a una vía de aquel barrio y las tres puertas de entrada eran solo hojas viejas de madera que danzaban al vaivén del viento.
Al decaer la tarde, cuando los primeros rayos del crepúsculo nocturnal permearon la vivienda y un aire tibio pernoctó de pronto, un frío en el estómago dio inicio en mi intelecto a una pesadilla sin fin. Una sucesión de imágenes extrañas hizo temblar mi espíritu: la noche, la casa, la soledad, mi hijo pequeño, la inseguridad, mi fragilidad, mi condición de mujer, la delincuencia y hasta la actividad paranormal tuvo cabida en ese estado de conciencia especial.
Luego, la noche se hizo noche y un manto de aleluyas brotó de la tierra al cielo extendiendo en el sempiterno una ola de un verde rojizo permeándolo todo. Al rato, el tapiz celestial se miraba azul con infinidad de diminutos luceros. En ese instante, cerré la puerta de la cocina con un palo atravesado y la puerta de miple del apartamento donde vivía con un cerrojo que cualquiera, con un empujón, mandaría al piso. En ese estado de alerta y fragilidad, un sudor frío cubrió mi cuerpo y un mar de sueños y temores invadió mi intelecto.
De pronto, al lado de mi hijo me invadió un sueño profundo, arrastrándome sin más a la cristalización de esos sueños que parecían, en aquel entonces, solo sueños.
Algo me aterraba: la ventana que da a la calle. Desperté varias veces en la noche y, pasadas las dos de la madrugada, con sigilo e inmensa precaución, descorría un tanto la cortina para observar la calle y poder ver quién o quiénes a esa hora la transitaban.
El ladrido de los perros callejeros que, por fortuna donde vivo son cada vez menos —no por maltrato sino por adopción—, puso mi existencia en alerta máxima. A unos cincuenta metros de la ventana donde observaba, vi en medio de la calle a un hombre joven avanzar en línea recta a mi residencia. Me sentí aterrorizada y por primera vez contemplé la imperiosa necesidad de hacer cambios estructurales en esa vivienda.
El viento soplaba con fuerza y la chaqueta del hombre se sacudía. Por prudencia, me retiré sin hacer el mínimo ruido cuando escuché en la puerta de mi apartamento que da a la calle unos toquecitos muy suaves, como cuando tocan para saber si hay alguien o no en la vivienda. Mis nervios se hicieron un nudo de sudor y fuego y, sin mediar palabra, me deslicé por el cuarto oscuro y tomé entre mis manos un calibre 38 que guardaba en mi maletín, retornando al sitio donde estaba.
El silencio se hizo eterno y el segundero del reloj aprisionaba entre sus garras ese instante misterioso, mientras una gota fría se deshizo entre mis blancas mejillas.
El viento inquieto e iracundo arrastraba lento su extensa túnica sobre el piso frío de esa noche delirante, de esa noche angustiante, que ipso facto clavó sus garras en lo profundo de mi alma como hierro iridiscente, como hierro candente.
Luz Marina Mèndez Carrillo/12/07/2026.
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Autor:
LUZ MARINA MENDEZ C. (
Online) - Publicado: 18 de octubre de 2026 a las 13:29
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- En colecciones: Relatos.

Online)
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