Cuando el universo aprendió a respirar
Antes de que existieran los nombres,
cuando el silencio era un animal dormido
en las entrañas de lo desconocido,
algo tembló en la inmensidad.
No fue una estrella,
ni el corazón de un hombre,
ni el primer latido del agua.
Fue quizá una pregunta
que nadie había pronunciado,
una sed sin boca,
un deseo inmenso
de encontrar a alguien
al otro lado de la nada.
Y entonces comenzó la aventura.
El espacio abrió sus enormes caminos,
las distancias encendieron sus lámparas,
y el tiempo, todavía niño,
echó a caminar descalzo
sobre la espalda de la eternidad.
Nacieron los soles
con sus hornos de fuego,
las galaxias giraron como flores
en el jardín interminable de la noche,
y la materia, esa humilde viajera,
aprendió a reunirse,
a transformarse,
a buscar en otra forma
la continuación de sí misma.
Después llegó la Tierra.
Una piedra encendida
perdida entre abismos,
un cuerpo de ceniza
que guardaba bajo su piel
la secreta paciencia del agua.
Llovió durante siglos.
El mar golpeó las orillas
como una mano que llama
a una puerta cerrada.
Y un día,
en el fondo oscuro de sus dominios,
la vida abrió los ojos.
No tenía rostro,
no conocía el miedo,
no sabía que algún día moriría.
Era apenas una pequeña voluntad
aferrándose a la materia,
un diminuto milagro
que se negaba a desaparecer.
De aquella primera obstinación
brotaron los bosques,
los animales cruzaron las llanuras,
las aves escribieron sus viajes
sobre las páginas azules del cielo,
y los ríos llevaron entre sus dedos
la memoria de las montañas.
Todo crecía.
Todo cambiaba.
Todo encontraba su lugar
en la respiración del mundo.
Pero la Tierra necesitaba
una criatura capaz de preguntarse
por qué brillaba la mañana,
por qué la noche escondía sus ojos,
por qué el amor nos levanta
y la ausencia nos desgarra.
Así apareció el ser humano,
con barro en los pies,
con relámpagos en la sangre,
con una pequeña hoguera en el pecho
y un universo entero
golpeándole las sienes.
Aprendió a nombrar las cosas:
madre,
pan,
lluvia,
casa,
compañera.
Y cuando pronunció la palabra amor,
algo antiguo despertó en las estrellas.
Porque el hombre podía levantar ciudades,
dominar el fuego,
medir la distancia de los planetas,
pero bastaba una puerta cerrada,
una voz que no regresaba,
una mano ausente en la oscuridad,
para que comprendiera
su antigua fragilidad.
Entonces construyó puentes,
sembró árboles junto a los caminos,
inventó canciones para sus muertos
y dejó flores sobre la tierra
donde descansaban sus amores.
Descubrió que ninguna grandeza
consiste solamente en existir,
que hasta el océano necesita una costa
para revelar la fuerza de sus olas,
y que la luz, por abundante que sea,
no puede abrazarse a sí misma.
Por eso, cuando mires el cielo,
no busques solamente respuestas
en la distancia interminable.
Mira también tus manos,
su capacidad de sostener a otro,
de compartir el pan,
de cerrar una herida,
de levantar al que ha caído.
Tal vez el sentido de tanta inmensidad
no esté escrito en los astros,
ni escondido en los libros sagrados,
ni aguardando al final de los siglos.
Tal vez comience aquí,
en este pequeño planeta azul,
cuando un ser humano descubre
que otro ser humano tiene frío
y se acerca a darle calor.
Entonces el universo,
con todos sus soles encendidos,
con sus abismos y sus misterios,
deja de ser solamente distancia.
Y por un instante,
en el corazón sencillo de la Tierra,
la eternidad encuentra compañía.
Porque quizá la más profunda maravilla
no fue que existiera el mundo,
ni que la vida venciera al silencio,
ni que la humanidad aprendiera a pensar.
Quizá fue que, entre tanta inmensidad,
apareciera alguien capaz de decir:
No estás solo.
Mientras yo pueda reconocerte,
mientras tu dolor me importe,
mientras mis manos busquen las tuyas,
habrá una razón
para que la luz permanezca.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Junio, 2020
Género: poesía lírica
Forma: verso libre
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 18 de octubre de 2026 a las 07:47
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: syglesias - El Poeta de la Nostalgia

Online)
Comentarios1
Hermoso. Sin desperdicio. syglesias El Poeta de la Nostalgia
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