Si mi padre estuviera vivo, seguramente haría lo de siempre, mirar si en su ombligo por fin ha crecido su árbol de la suerte, repleto de fruta sabrosa y fresca sombra. Ahora descansa. Nunca tuvo esa suerte, pero tampoco esperanza, era más bien un zorro, uno de esos que se comen los huevos en los gallineros. Si la constelación que nos une inclina su luz de forma semejante, si el sabio acertó en su diagnóstico progresista, entonces yo debo ser el árbol y no la suerte, pues nunca he dejado de sostener, a manos llenas, la fruta de tantos. No puedo ser ni el huevo ni la gallina, pues no soy de nadie. Y tengo que agradecer que mis huesos son fuertes debido a que el zorro se dejaba el calcio desperdigado por donde fuera que fue arrastrando a mi madre. Ay pobre mi madre. Ayer estábamos charlando en uno de los bancos de la residencia donde la cuidan. Por fin está tranquila, ochenta años tarde. El sol picaba fuerte y nos hemos ido a la sombra, ella sentada en su silla con ruedas y yo en el banco de madera con un respaldo muy cómodo, el aroma de unas tomateras que regaba un señor sin camisa ha invadido mi ser. La piel del señor era kevlar o algo semejante, pues el sol le azotaba de lleno en mitad de su espalda, pero él como si nada, enfrascado en su tarea y una canción tarareaba. Mi madre insistía con la pregunta: ¿pero hijo, dime, tengo ochenta y cuántos meses? Recuerdo a mi madre haber sido muy valiente. No soy sabio, soy más bien un conocedor de trincheras, de andamios, de devanarme los sesos para cubrir el hambre, padre de tres de mi sangre, más otros dos que también lo fueron, hasta que se me tiraron al cuello.-Madre ya te he dicho que tienes ochenta y seis meses, que está previsto que nazca tu bisnieta, por ahí andará, más o menos cuando naciste tú, día adelante, día atrás-. Yo recuerdo el poder de mi madre. Si su constelación inclina su luz hacia el vientre de mi hija, será sin duda una niña valiente, una hija valiente, una nieta valiente, una bisnieta valiente. Ya me he ocupado de que no queden restos de cáscaras de huevo, ni plumas de gallina, ni siquiera gallinero, hasta el árbol he talado, para que la sombra que refresque a mi nieta sea la de un campo de almendros en flor. Mi madre insiste y pregunta de nuevo, pero, ¿cuántos meses tengo más? Madre, tienes seis meses, además de ochenta años que ya pasaron. Por un momento he visto a mi padre robarle los tomates al señor de kevlar. Qué pesadez la de tener que desplumarme constantemente. Pero miro a mi madre y veo en sus ojos ochenta años y seis meses, más una hora de patio; y la sangre de las gallinas; y el zorro en sus ojos; y el aroma de los tomates.
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Autor:
César C. Barrau (
Offline) - Publicado: 17 de octubre de 2026 a las 19:10
- Categoría: Sin clasificar
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