El Credo de Abd-el-Hai

Ricardo Castillo

El Credo de Abd-el-Hai

Yo, el de torso desnudo,
un mapa de azufre quemado por el sol,
con la piel curtida por la sal
y el cabello revuelto reclamado por el viento marino.

Con la mirada fija en la línea donde termina la mar:
la mirada de un lobo estepario en el agua,
la mandíbula rígida fatigada de masticar el horizonte.

Soy el extranjero absoluto
que huye del mástil donde los hombres quieren colgarme.

Yo, muerto en la arena incandescente de Yibuti
y nacido en Abd-el-Hai,
Siervo Viviente que solo le rinde culto a la tormenta.

Yo, hombre sin patria
que camina por las ciudades de arena
y el polvo,
en el calor sofocante y el khamsin,
donde me ha traído un boleto sin regreso,
un exilio voluntario de la ley del hombre por el hombre,
hacia el capricho de los vientos y las mareas.

Heme aquí, en el puerto de los proscritos,
mientras mi lengua se enreda con el dialecto de los abismos.

Con mis propias manos levanto mis boutres de velas latinas,
esqueletos dispuestos para las noches.

Navego sin luces, soy una sombra negra sobre el espejo del agua,
mientras lloran las jarcias y cruje la madera en la oscuridad.

Voy hacia Harar con mis hombres de mar,
oscuros somalíes con perfil de estatua
que rezan en la cubierta bajo las estrellas antes de romper el cielo.
Sin documentos en las noches del Índico.

En mis bodegas escondo las bellezas extraídas del abismo:
perlas amargas, fósiles ocultos caídos bajo mis redes;
el humo denso del hachís que adormece el dolor del desierto;
y el hierro frío de la violencia: fusiles y municiones bajo las cuadernas,
el fuego que alimenta la rebelión de las tribus.

Yo, fugitivo de los barcos de guerra,
el que burla los cañones ingleses y el orgullo francés,
el fantasma que se desliza entre los arrecifes de coral.

¿Quieres leer mis diarios de juventud?

Te contaré los secretos que el Mar Rojo guarda en sus tumbas de agua.

Te mostraré la poesía brutal de los naufragios
y mi frío desdén por las leyes del imperio.

Busco el refugio de la tierra firme,
un exilio entre los sepulcros de las alturas amuralladas.

Subo hacia la joya blanca en las montañas de Etiopía.
En las sombras de Harar, donde el polvo ahoga el mar,
me pregunto si el espíritu de Rimbaud camina por estos callejones.

Allí, el Khamsin sopla como un aliento de fuego y asfixia el tiempo.

Yo, que viví todas las vidas en una sola.
Un claroscuro con ojos de sal, metralla y relámpagos.
Un proscrito que le robó su cuerpo a la fosa marina.

Yo, Henry de Monfreid.

 

Ricardo Castillo
15 de Octubre de 2026, Lima

De: Bajo la noche de un ángel

Fotografía: Henry de Monfreid vers 1925. (© Archives Henry de Monfreid).

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  • Autor: Axioma (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 15 de octubre de 2026 a las 16:21
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2


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