Entre el lamento de diez voces gritando a la vez,
casi puedo encontrar
aquello que vine a buscar.
¿Quieres saber qué ocurrió aquella noche?
Acércate.
No tengas miedo.
Los muertos ya no pueden hacerte daño.
Fui yo.
Yo apagué las luces de aquel teatro,
yo abrí las puertas del espanto,
yo convertí sus últimas palabras
en un coro que todavía me persigue
cuando intento dormir.
No apartes la mirada.
He venido a confesarme,
aunque no busco perdón.
El perdón es una puerta
que quizá ya no merezca cruzar.
Aquella noche, tu muerte fue colosal:
un estruendo atravesando el silencio,
un eco retumbando en la nada,
la última función
de un teatro sin espectadores.
Y yo estaba allí.
No como un héroe de tragedia,
ni como un hombre obligado por el destino.
Estaba allí porque fui yo quien eligió,
porque hubo un instante
en que pude detenerme
y no lo hice.
Esa es la parte que nunca cuento.
Prefiero hablar de las sombras,
del destino, de la locura,
de las voces que me taladran la cabeza.
Es más sencillo culpar a los fantasmas
que pronunciar mi nombre
junto a la palabra asesino.
Cada grito fue una daga,
cada voz, un puñal
desgarrando la piel de la noche.
Y yo, espectador y verdugo,
contemplé la tragedia
como quien contempla un incendio
y descubre, demasiado tarde,
que también está ardiendo.
¿Sabes qué fue lo más terrible?
No fue el ruido.
No fue el horror dibujado en sus rostros.
Fue comprender que el mundo
no se detuvo para castigarme.
La noche continuó.
El viento siguió moviendo los árboles.
Y yo permanecí allí,
con la certeza de haber destruido vidas
en un universo que no había dejado de girar.
Ríos de sangre en mis pies,
una historia hecha pedazos.
Caminé sobre los restos
de aquello que alguna vez tuvo sentido,
mientras las voces seguían gritando
como fantasmas encerrados
dentro de mi cabeza.
Desde entonces,
cada espejo se ha convertido en un tribunal
y cada rostro que encuentro
parece conocer mi secreto.
Me lavo las manos,
pero no es la sangre lo que intento quitarme.
Es el recuerdo.
Es esa parte de mí
que todavía reconoce al hombre del espejo
y sabe exactamente lo que hizo.
Qué fantástico es el lamento siamés:
los dolores respirando como uno,
un coro de almas rotas,
una sola garganta
vomitando desesperación.
Al principio creí que las voces
pertenecían únicamente a los muertos.
Después comenzaron a hablar
con mi propia voz.
Una pronunciaba sus nombres.
Otra repetía mis excusas.
Una tercera preguntaba por qué.
Y ninguna, ni siquiera la más débil,
aceptaba mis respuestas.
Entonces cantaron.
Cantaron los muertos,
cantaron los culpables,
cantaron quienes todavía esperaban
encontrar una razón para seguir respirando.
Era un canto desesperado,
hermoso en su propia deformidad,
una melodía nacida del espanto
que parecía celebrar la muerte
como si morir
fuera la última forma
de ser escuchado.
Yo también canté.
No porque estuviera arrepentido.
No todavía.
Canté porque necesitaba cubrir los gritos,
porque el silencio me obligaba a recordar,
porque hay verdades que un hombre
solo se atreve a pronunciar
cuando las disfraza de poesía.
Ahora estoy aquí,
hablándote como si fueras un confesor,
esperando que tus ojos me concedan
aquello que los míos ya no encuentran.
Puedes llamarme monstruo.
Puedes escupir mi nombre.
Puedes cerrar este libro
y fingir que nunca me escuchaste.
Pero no me llames víctima del destino.
No conviertas mi culpa en una leyenda.
No hagas de mi crimen una hazaña.
Yo lo hice.
Y si algo queda de humano en mí,
es saber que ninguna palabra
podrá devolverles lo que les arrebaté.
Cuando finalmente callan,
cuando el silencio vuelve a ocupar
cada rincón del teatro,
comprendo que la función
nunca fue sobre tu muerte.
Era sobre la mía.
La de aquel hombre
que se quedó de pie entre las ruinas,
con las manos vacías,
los pies cubiertos de sangre
y una historia hecha pedazos
que ya nadie podía volver a contar.
Creí que aquella noche
había terminado
Me equivoqué.
Solo conseguí que el mundo dejara de oírlas.
Yo sigo escuchándolas.
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Autor:
Crizs Matt (
Online) - Publicado: 15 de octubre de 2026 a las 12:08
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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