PIURA, TIERRA DE DEVOCIÓN Y MIS MEMORIAS

claudiale1819

Entre arenales y cerros, ¡Tierra bendita la mía!

jamás de mi pecho los recuerdos que guardo se borrarán;

el viento que canta y el verdor de los cerros me acompañarán,

y late el alma piurana con devoción, paz y alegría.

 

Allá en la cumbre de Ayabaca, templo de Nuestra Señora del Pilar,

está el Nazareno hermoso que a su pueblo vino a amar.

Aquel tronco prodigioso del cerro Sahumerio en Jililí

sangró al sentir el hacha que el cura mandó cortar;

tres jinetes con poncho y caballos blancos llegaron hasta allí,

pidiendo no interrumpirlos y bajo puerta tan solo comida dejar.

 

Después de días de silencio entraron al taller,

los hombres no estaban y la comida quedó sin tocar:

¡fueron ángeles del cielo que bajaron a moldear

la imagen más pura que el pueblo pudo tener!

 

De imponente estatura, de morado y oro viste,

maniatado tras el huerto, manso, coronado y triste,

cada trece de octubre las alfombras se engalanan,

desde todos los confines los devotos se derraman;

caminan leguas enteras, de rodillas van rezando,

cumpliendo sendas promesas, con lágrimas implorando.

 

Siendo yo tan pequeñita, de la mano me llevaron

mis padres, Elisabeth Garcés y Juan Rentería,

y ante tu rostro doliente mis ojitos se quedaron

grabando una fe tan honda que hasta hoy es mi compañía.

 

¡Cuántas veces en mis sueños, Cautivito milagroso,

cuando flaquean mis fuerzas y ya quiero la toalla tirar,

vienes a darme tu aliento, tu sosiego tan piadoso,

y me levantas del suelo para volver a luchar!

 

Baja el suspiro a la costa, hacia el puerto de la fe,

donde la Virgen de las Mercedes reina y todo lo ve.

La Mechita que trajeron los frailes mercedarios

para amparar navegantes y escuchar los rezos diarios.

 

Cuando el corsario y su flota quisieron llevársela al mar,

pesó tanto en el suelo que no la pudieron alzar;

enfurecido tiró un tajo con su sable en su garganta

y brotó sangre viva que quedó de prueba santa.

 

Arrojándola enfurecido, flotando volvió a la orilla,

y un viento en contra detuvo la fuga de su cuadrilla,

cada veinticuatro de setiembre, sobre el mar azul se mece,

bendiciendo a pescadores mientras la plegaria crece;

le devolviste la vista a mi hermano Amílcar con luz,

sanado del ojo por tu mano, el milagro vi,

¡eres la Madre buena que siempre cuidó de mí!

 

Por el valle del Chira, en Querecotillo amado,

descansa el Cristo de Chocán, de madero labrado,

hace más de cuatro siglos aquel leñador pasmado

vio brotar roja la savia del tronco que hubo encontrado.

 

Un anciano peregrino en su chocita lo hizo,

y tras tres días de encierro, se marchó sin aviso,

dejando al Cristo imponente de la Buena Muerte erguido,

ni lluvias, ni incendios su fe han destruido;

cada dos de febrero, entre cantos y romeros,

baja la gente a venerar con fervor,

recuerdo a mi madre Elisabeth, cuando afligida y con dolor,

fue a postrarse ante su altar y encontró calma y amor:

¡la envolvió entera tu aura bendita!

renuevas las fuerzas al corazón que te necesita!

 

Llega la Semana Santa a mi Catacaos ferviente,

el orgullo de tallanes y respeto de su gente.

El Depositario cuida la llave con emoción,

y el Doliente viste luto con entera sumisión.

Se comparten los siete potajes servidos de corazón,

con exquisita sazón el viernes santo de devoción:

frutas variadas o aceitunas al pasar,

ají de junta o ensalada pa' degustar,

y la rica malarrabia de plátano bien chancado,

con su quesito tierno y el pescado bien sazonado,

el sudado de mero y pastel de fuente sin igual,

brindando con rica chicha y su dulce tradicional.

 

Entre las andas sagradas, con asombro singular,

San Dimas, el Buen Ladrón, recorre el pueblo a paso lento:

aquel que pidió perdón al borde del sufrimiento,

su fe le abrió el paraíso en el último momento,

borrando todo pasado con un santo sentimiento.

 

¡Gua, paisano, qué linda y mística es mi tierra bendita!

Tierra perfumada de algarrobina, chifles y dulces natales,

con chumbeques de miel, higos y recuerdos ancestrales.

 

Y cuando noviembre asoma con su brisa y su candor,

en las velaciones santas se viste el alma de amor.

Lloran cirios encendidos sobre la tumba callada,

buscando a los angelitos en una tarde dorada:

mi papi Juan las bolsitas de angelitos regalaba

igual como a él una madre que a su pequeño recordaba,

cuando triste en la calle andaba de niño,

le regaló una bolsita con infinito cariño,

para endulzar en el cielo a su angelito que partió;

y cumpliendo con sus muertos, con respeto y devoción,

repartía roscas de muerto nacidas del corazón,

buscando las más crocantes y sabrosas,

de la Nacha y las de Suárez, ¡las más famosas!

 

Recuerdos que no se borran ni marchitan,

cuantos más años pasan, más fuerte mi alma agitan.

Piura de mis amores, altar de mi fe sencilla,

cada día es un milagro que dentro de mi pecho florece y brilla.

  • Autor: Lii Lee (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 13 de octubre de 2026 a las 23:19
  • Comentario del autor sobre el poema: Hay versos que nacen de las raíces más profundas del alma, del amor incondicional a la tierra que nos vio crecer y de las huellas imborrables que dejan nuestros seres amados. Este poema es un recorrido sentido por la fe de nuestro pueblo piurano: el milagro del Señor Cautivo de Ayabaca que sostiene mis fuerzas, el amparo inmenso de nuestra Virgen de las Mercedes en Paita, el madero santo del Señor de Chocán en Querecotillo, el fervor ancestral de la Semana Santa en Catacaos y la ternura de las velaciones que me devuelven la viva memoria de mis padres. Con todo mi amor y devoción a mi querida Piura, comparto con ustedes estos versos
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: LA VIDA NUNCA TERMINA.


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