La Geografía de un Abrazo

Luis Barreda Morán

LA GEOGRAFÍA SECRETA DE UN ABRAZO

Hay días en que el mundo pesa demasiado,
en que la noche nos crece por dentro
y llevamos en los ojos
la lluvia de todas las despedidas.

Entonces,
bastaría la llegada de unos brazos
para que el invierno retrocediera,
para que el corazón, cansado de sus ruinas,
recordara el antiguo oficio de florecer.

Porque un abrazo tiene algo de tierra,
de raíz que reconoce su semilla,
de mar que devuelve a la playa
lo que la tormenta creyó perdido.

En él caben las palabras que callamos,
las disculpas que envejecieron en los labios,
el perdón que buscaba una puerta
y el amor que permaneció encendido
bajo las cenizas del orgullo.

¡Ah, si supiéramos cuánto puede un instante
cuando dos seres se acercan sin armaduras!
Quizá dejaríamos de levantar murallas,
de alimentar fantasmas,
de convertir una herida en una frontera.

Nos abrazaríamos más,
como los árboles abrazan la tierra
con sus raíces invisibles,
como la luz abraza las ventanas
después de una noche interminable.

Yo quisiera encontrar en tus brazos
ese lugar que no aparece en los mapas,
donde ninguna tristeza tenga dueño,
donde el pasado pueda cerrar los ojos
y el futuro llegue descalzo,
sin miedo de ser recibido.

Quisiera abrazarte cuando rías,
para que tu alegría encuentre compañía;
cuando el dolor te doble las rodillas,
para recordarte que todavía hay caminos;
cuando no tengas palabras,
para escuchar el idioma secreto
que tu silencio pronuncia.

Y si alguna vez la distancia
pone sus piedras entre nosotros,
que mis brazos crucen primero el abismo,
que lleguen hasta ti como dos ramas
buscando la primavera
en el jardín de una casa lejana.

No prometo borrar todas tus penas,
ni detener las agujas del tiempo,
ni impedir que la vida nos lastime;
pero puedo ofrecerte este rincón de mí
donde descanses un momento
sin tener que demostrar tu fortaleza.

Porque amar también consiste en eso:
ser refugio sin cadenas,
compartir el pan de la esperanza,
permanecer cerca sin exigir respuestas
y dar calor sin preguntar
cuánto tiempo tardará el frío en marcharse.

Si algún día me buscas
y no encuentras palabras en mi boca,
acércate despacio:
mis brazos sabrán decirte
lo que a veces el orgullo nos prohíbe,
lo que la ausencia nos enseña demasiado tarde,
lo que el corazón comprende
mucho antes que la razón.

Y hoy, aunque el camino sea largo
y mis manos no alcancen las tuyas,
te envío este abrazo hecho de versos,
con un poco de sol entre sus pliegues,
un jardín pequeño en el pecho
y toda la ternura que cabe
en la distancia entre dos almas.

Recíbelo.

Que llegue hasta tu puerta
como llega el amanecer a los pobres tejados,
que se siente a tu lado sin hacer preguntas,
que te devuelva, siquiera por un instante,
la certeza de que no estás a solas
en este inmenso universo.

Y cuando vuelvas a respirar tranquilo,
cuando sientas que la noche pierde su dominio,
guarda contigo esta verdad sencilla:

a veces,
para que el mundo parezca habitable,
no necesitamos conquistar las estrellas;
nos basta con acercarnos a alguien
y ofrecerle, con el alma desnuda,
un lugar donde su corazón
pueda descansar del mundo.

— Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Octubre, 2022
Género: poesía lírica 
Forma: verso libre

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