Entre pulsaciones y semillas

José Honorio Martínez Ochoa

Entre pulsaciones y semillas

 

Es el tiempo de las pulsaciones,
cuando más allá de los atardeceres
estallan las semillas
y levantan su grito entre los arcos del mundo
y los renglones de la escritura.

Me envuelvo en las palmeras
y comienzo a cantar sobre la sed de los abrazos,
como si el cuerpo necesitara reconocer,
en la proximidad de los árboles,
una forma de pertenecer a la tierra.

La oscuridad me rodea con su enjambre
y me devuelve una certidumbre antigua:
también en lo desconocido
existe una manera de permanecer.

Las rocas, radiantes bajo la luz,
buscan la intimidad del mar
y cubren mi corazón con su silencio mineral.

Bajo el goce lunar descubro los deseos de un río.
De su corriente invisible surgen las raíces de una luna
que alimenta los frutos
y prolonga, en la oscuridad,
la fecundidad secreta de las cosas.

Las hojas secas se encienden ante el amor,
como si cada una conservara
una pequeña llamarada de lo vivido;
la ola dicta el principio de las flores nocturnas
y el mundo parece comenzar de nuevo
en aquello que creíamos terminado.

Pienso que la vida no siempre se anuncia
mediante una aparición luminosa:
a veces germina en el desgaste,
en la caída de una hoja,
en el silencio que permanece
después de pronunciar un nombre.

Incluso bajo la lluvia,
entre luces que apenas consigo retener,
regreso a aquellos árboles
cuya melancolía todavía alimenta el corazón.

Respiro su fragancia
antes de recordar el fulgor de las imágenes,
como si la memoria necesitara del cuerpo
para recuperar lo que el tiempo ha dispersado.

La luz lunar se acumula en los abismos
y guarda allí un tesoro
que no puedo tocar sin modificarlo.

Respiro el mar bajo la meditación del mediodía,
mientras el horizonte se abre
y la claridad avanza
por las regiones más secretas del pensamiento.

Estiro las piernas y recibo la luz solar
como una exclamación que atraviesa el cuerpo.
Las estrellas descienden hacia las arenas
y la libertad adquiere la forma de una luz arterial
que circula silenciosamente entre las cosas.

Poco a poco, la serenidad se reviste de sonidos
y deja de ser una quietud inmóvil:
se vuelve el movimiento profundo
de aquello que continúa viviendo
aun cuando no lo advertimos.

Los barcos anclados reciben la luz de los minutos;
permanecen en la mudez de sus amarras,
mientras el tiempo pasa alrededor de ellos
como una materia encendida,
hecha de padecimientos lunares
y recuerdos que todavía no encuentran su nombre.

El viento transparente lleva consigo
los murmullos de la respiración del mar.
La noche se convierte en fatiga alrededor de mis venas
y hasta el silabeo de las palabras
parece obedecer al cansancio
que nos devuelve a nuestro propio cuerpo.

Desde el balcón contemplo una imagen
que se adentra en los ojos
y comienza lentamente a transformarse en lenguaje.

Quizá escribir consista en eso:
recibir algo del mundo sin saber qué hacer con ello
y esperar hasta que la mirada descubra
una forma de hacerlo permanecer,
aunque solo sea durante el tiempo breve de una frase.

La luna se mece en el horizonte de las utopías,
mientras una nebulosa labra
la superficie destellante de la memoria.

Una estrella aparece de pronto
y su fulgor se confunde con los recuerdos,
como si existiera un lugar
donde el cielo y la conciencia
pudieran reconocerse sin llegar a ser lo mismo.

Una raíz extraviada busca, entre sus incertidumbres,
la energía necesaria para continuar creciendo.

También el pensamiento se extravía
en el azul de la imaginación:
avanza, retrocede,
se demora en aquello que no comprende
y descubre que no toda pérdida
significa una desaparición.

El mar desmenuza una fuerza que rodea la escritura.
Las olas reflexionan sin palabras
y ofrecen a la literatura
una fuente inagotable de variaciones.

Cada regreso modifica la forma de la orilla;
cada retirada deja una superficie distinta
sobre la cual la mirada vuelve a comenzar.

La pluma que llevo en el bolsillo
guarda una reserva de emociones y de luz,
la posibilidad de una palabra
que todavía espera su momento.

La fragancia ondula dentro de la reflexión
y la fatiga recupera el trazo de una frase,
como si el cansancio también pudiera devolvernos
aquello que la prisa nos impide ver.

Hay un deleite secreto en las cosas
cuando una idea se enciende en el agua.
Las páginas se extienden sobre el sendero
de una quietud que arde,
y el gesto de escribir se confunde con la respiración.

Pienso en las cavilaciones que atraviesan el silencio,
en aquellas palabras que alguna vez creí definitivas
y que ahora parecen fragmentos
de una frase abandonada en la noche.

Sobre los labios, la meditación me despoja del dolor
sin borrarlo;
lo transforma en una presencia
que puedo mirar sin permitir
que gobierne toda mi existencia.

La noche fecunda el mar
con la sonoridad de la primavera.
Hombro con hombro, las miradas levantan sus cánticos
y el mundo aparece ante nosotros
como un reflejo que nunca termina de coincidir consigo mismo.

Tal vez por eso continúan las pulsaciones
y germinan las semillas:
porque vivir no significa alcanzar
una imagen definitiva de nosotros mismos,
sino permanecer abiertos
a las transformaciones que nos atraviesan.

En algún lugar, bajo la tierra
o en el interior de una palabra,
algo sigue creciendo sin anunciarse.

Y mientras el mar vuelve a tocar la orilla,
la escritura intenta escuchar ese movimiento,
no para detenerlo,
sino para acompañarlo.

 

 

 

 

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