El peso de ser hombre

Austin Mora

Esta mañana, mientras caminaba, comprendí que todavía cargo conmigo a todos los hombres que he sido.

Algunos me avergüenzan. Otros me recuerdan lo que alguna vez quise ser. Hay uno al que todavía intento comprender, porque hizo cosas que el hombre que soy hoy no habría querido hacer. Y, sin embargo, no puedo separarme de él. También fui ese hombre.

Durante mucho tiempo creí que conocer el bien era suficiente para practicarlo. Pensaba que un corazón noble bastaba para mantenerse lejos de aquello que podía destruirlo. Pero la vida me enseñó que uno puede conocer el amor y aun así hacer daño; puede tener buenas intenciones y aun así equivocarse; puede creer que comprende el mundo y descubrir, demasiado tarde, que apenas comenzaba a conocerse a sí mismo.

¿Qué es un hombre, entonces? ¿Lo que piensa de sí mismo, lo que otros recuerdan de él o aquello que hace cuando comprende que nadie vendrá a rescatarlo de sus propias decisiones?

No tengo una respuesta.

A mis treinta años, comienzo a sospechar que he pasado demasiado tiempo intentando comprender por qué fui quien fui, cuando quizá la pregunta más importante sea qué haré ahora con todo aquello que he comprendido.

El pasado no cambia porque uno llore por él. El arrepentimiento no devuelve los días ni reconstruye, por sí solo, lo que se ha roto. Hay cosas que solo pueden repararse con tiempo, y otras que deben aceptarse con la humildad de quien comprende que no todo está bajo su dominio.

He aprendido que sufrir por haber hecho daño no es lo mismo que dejar de hacerlo. Que sentirse culpable no convierte a nadie en mejor persona. Y que el verdadero arrepentimiento comienza cuando uno deja de mirarse únicamente a sí mismo y empieza a considerar la vida de aquellos a quienes sus actos alcanzaron.

Quizá crecer sea eso: dejar de preguntarse constantemente si uno es bueno o malo y comenzar, sencillamente, a actuar con mayor conciencia.

Hoy tengo una familia. Y al pensar en ella comprendo que el tiempo ya no me pertenece de la misma manera. Soy padre, esposo, hijo, hermano. Hay vidas que se encuentran con la mía y que merecen algo más que mis promesas. Merecen mi presencia, mi paciencia y la voluntad de ser mejor incluso en aquellos días en los que yo mismo no consigo comprenderme.

También he comenzado a buscar a Dios.

No como quien exige una explicación por todo lo sufrido, sino como quien, después de caminar durante mucho tiempo, descubre que no necesita comprender cada piedra del camino para seguir avanzando. Mi fe no borra lo que hice ni me vuelve incapaz de equivocarme. Pero me recuerda que todavía puedo elegir cómo vivir, y que quizás la redención no consista en regresar a la pureza que uno cree haber perdido, sino en aprender a vivir con honestidad después de haber conocido sus propias sombras.

A veces pienso que la paz debe parecerse al silencio de un hombre que ya no necesita defenderse de sus recuerdos. Un hombre que puede sentarse frente a su pasado sin intentar justificarlo, sin odiarse por él y sin permitir que vuelva a gobernar su presente.

Todavía no soy ese hombre.

Pero estoy aprendiendo.

Y quizá no haya mayor trabajo en esta vida que ese: aprender a llevarse uno mismo sin convertirse en enemigo de su propia existencia.

No quiero ser invencible. Quiero ser consciente.

No quiero una vida sin dolor. Quiero dejar de causar dolor por no haber aprendido a comprender el mío.

No quiero olvidar quién fui. Quiero que aquello que fui tenga algún sentido en el hombre que decido ser.

Porque al final, después de tantas preguntas, de tantos errores y de tantas noches intentando encontrar respuestas, sigo siendo un hombre que camina.

Y por primera vez, no siento la necesidad de llegar a ninguna parte para demostrar que mi vida ha valido la pena.

Por ahora, me basta con caminar sin huir de mí mismo.

  • Autor: Austin Mora (Online Online)
  • Publicado: 10 de octubre de 2026 a las 21:05
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1


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