Recuerdo aquel primer beso, temblabas de emoción,
tus labios en mi boca, latiendo el corazón.
Esperabas ansioso, mirando con afán el reloj,
el mundo se hizo pequeño, solo existíamos los dos.
El paseo en la moto, el viento sobre tu piel,
mis brazos rodeándote, sin miedo jamás a caer.
Un «te quiero» en un susurro que el viento escondió,
que tus oídos escucharon y tu alma al fin encendió.
Ay, esos ojitos que brillan como aurora en la mañana,
ese tinto con versos y tu sonrisa tan humana.
La cafetería del evento donde el tiempo se detenía,
y ese «me muero» que decías cuando tu mano me erizaba.
Recuerdo cuando predicabas con tanta fuerza en la voz,
hablando de mil promesas y del amor guiado por Dios.
Tu fe me daba la fuerza, me hacía de nuevo creer,
en los dos amaneceres que fueron mi motivo de ser.
Entre el olor a café y la calidez de aquel pan,
escribimos esta historia con su dicha y su afán.
Las risas, los silencios, el brillo de tu mirada,
todo ese amor sencillo que en el alma quedó guardada.
Hoy que el tiempo ha pasado y el camino nos separó,
guardo cada instante como un tesoro en el corazón.
Aunque el entorno cambie y pierda su dulce calidez,
el consuelo que me queda es ver el mismo cielo otra vez.
Extrañar es la forma en que el alma vuelve a sentir,
haciendo que la piel recuerde la dicha de coexistir.
Se siente una ausencia honda, un vacío en el caminar,
donde hasta mi propia sombra hoy se siente en soledad.
Pero ese «me muero» de antes aún sigue vivo en mí,
esos ojitos que brillan jamás se apagan aquí.
Gracias por los momentos, por aquel primer destello,
por ser el poema más lindo en el tintero del cielo.
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Autor:
Viviana Maria Londoño Mazo (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 9 de octubre de 2026 a las 21:42
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- Usuarios favoritos de este poema: noasubin

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