Elegía

Mirta C. Sly

 

Elegía para una amiga

Bécquer dijo: Volverán las oscuras….

No copiaré a Borges. Habré de levantar la vasta vida

que aún…

Whitman: Mira el mar infinito,
sobre su pecho sale…

Gabriela Mistral fue única:
Se va de ti mi cuerpo gota a…

¡Cómo hacerte una elegía, mujer!
No soy de subir a un pedestal a alguien
simplemente porque se fue a otro plano.
Lo que conservo de ti, eso deseo dejar escrito.

Pediría a la inteligencia artificial una frase,
pero sería eso, artificial, y no te honraría.
Ella no entiende a los humanos, solo los analiza;
no se le piden nueces a una higuera.

Ayer lloré todo, hasta que mi río se quedó sin agua.
Me enojé con las personas que, por protegerme,
se llevaron mi derecho a tu despedida.
Los absuelvo; solo preservan mi propia vida.

¿Fuiste buena? No. ¿Mala? Tampoco.
Quizá por eso te quise.
Fuiste más bien difícil, una hiedra que no se deja cortar;
tenías manos de oro para plantar flores
y una lengua filosa para plantar conflictos ajenos.

Fuiste complicada de entender, hasta que
te permitías sacar tus capas de cebolla.
¿Cebolla, dije? Sí, porque con cada capa
nos hiciste llorar, largando tu carácter ácido.

Ayer me enteré de que te adelantaste.
Prometimos que la primera en subir al tren
sería esta persona que hoy te despide;
hiciste trampa, como siempre: compraste tu boleto.

Eras aquello que pocos comprendieron
porque no se tomaron el tiempo de quererte conocer.
Fuiste enigma, eras rebeldía,
eras mi amiga y hoy, aquí, en la tierra,
soy yo quien hace la elegía.

No voy a reclamar justicia a mi Creador,

porque ¿quién conoce sus propósitos? 

Solo entiendo que tomaste el tren 

y yo quedé en el andén. 

 



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