Hay un silencio que se bebe despacio,
a sorbos pequeños, para no despertar
a los fantasmas que duermen debajo del pecho,
a las voces que el tiempo no pudo callar.
El humo dibuja sus sombras en el techo,
la noche se sienta conmigo a fumar;
y en este cuarto, donde todo está quieto,
hay recuerdos que no me dejan descansar.
Despierto con la boca seca y amarga,
con la garganta ardiendo, sin saber por qué,
hasta que el primer trago me quema por dentro
y por unos instantes consigo no ver.
Pero la memoria no entiende de treguas,
ni existe botella que la haga callar;
regresan los rostros, las voces, las risas,
y el eco de un abrazo que no ha de llegar.
Entonces cierro los ojos, muy despacio,
como quien teme que el sueño se rompa,
y vuelvo a ese tiempo en que bastaba un abrazo
para hacer que la pena pesara un poco menos.
Si pudiera tenerlos tan solo un instante,
sin pedirle al destino que me dé algo más,
les diría cuánto bien me hizo su presencia,
cuánta luz me dejaron sin saber que la daban.
Les hablaría de todas las veces
que su compañía me ayudó a seguir,
de aquellas palabras que quizá olvidaron,
pero que en mis noches aún viven en mí.
Y les daría las gracias, con la voz quebrada,
por haber cruzado mi historia fugaz;
porque hay personas que pasan por la vida
y dejan un hogar donde ya no están.
A veces me pregunto, cuando el sueño no llega,
si fui para alguien lo que fueron para mí;
si alguna palabra que dije a destiempo
pudo, sin saberlo, aliviar un sufrir.
Si alguien guarda de mí un recuerdo sencillo,
una risa, un gesto, una tarde de sol;
si en alguna memoria todavía existo
como alguien que hizo un poco menos duro el dolor.
No aspiro a que el mundo pronuncie mi nombre,
ni a que mis pasos se vuelvan eternidad;
quisiera saber que, en algún rincón del tiempo,
haberme conocido no estuvo de más.
Pero el cuarto se cierra, la madrugada avanza,
y el humo hace más turbio lo poco que veo;
el vaso está cerca, el teléfono calla,
y hay mensajes que leo sin sentir que me llegan.
Nadie cruza la puerta. Nadie ve mis manos,
ni el cansancio antiguo que escondo al hablar.
Afuera, la vida continúa su marcha;
adentro, hay un hombre que no sabe cómo regresar.
Y sigo aquí, entre el humo y el vidrio,
con tantas palabras que no supe entregar,
agradeciendo en silencio a quienes fueron abrigo
y temiendo que nunca lo hayan podido notar.
Porque quizá, cuando todo se apague
y mi voz se confunda con la oscuridad,
no necesite que recuerden mis heridas…
solo quisiera saber
que alguna vez hice bien,
que alguien estuvo un poco menos solo
porque yo estuve allí.
-
Autor:
MatiasEmmanuel (
Online) - Publicado: 8 de octubre de 2026 a las 20:45
- Comentario del autor sobre el poema: A veces, detrás de los hábitos que nos consumen y del silencio en el que nos refugiamos, solo existe un corazón intentando soportar las ausencias y agradecer aquello que ya no puede recuperar. Quizá el dolor más profundo no sea extrañar a quienes dejaron huella en nosotros, sino preguntarnos si nosotros también dejamos alguna en ellos. Porque, al final, no necesitamos ser inolvidables para el mundo; basta con haber hecho que alguien se sintiera un poco menos solo.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.