Pensando en cosas que dolieron hace mucho, noté que hay algo aterrador en seguir deseando a la persona que más daño te ha hecho, y me quede con la sensación extraña de que hubo instantes en que supe exactamente por qué debería alejarme y, aun así, echar de menos sus manos.
Puedes odiar lo que hicieron, esa brutal forma en que te trataron y cómo rompieron una y otra vez tus ilusiones dejándote cada noche suplicándole a Dios que te permitiera dejar de sentir, poder irte lo más lejos posible de todo eso que te dejaba heridas que no sanaban con nada; y, sin embargo, seguir esperando que vuelvan a acercarse.
Con las luces encendidas, te hacen sentir difícil de amar, como si realmente te hicieran un favor quedándose ahí contigo, pero cuando las apagan, te tocan como si nunca hubieran dejado de quererte, como si ni un milímetro de su ser pudiera dejar de hacerlo y en ese momento les crees, crees en su respiración agitada al amarte, en sus suspiros, en sus te amo, en sus manos recorriendo tu cuerpo ardiente de pasión, en sus besos, en sus promesas que ya no volverá a pasar otra vez, que ya no volverá la tristeza a tu vida.
Justo ahí sientes que aún queda algo, que es precisamente ese beso lo que hace pensar que esos instantes significan lo que significaba antes, pero el sol sale al otro día y la mañana siempre llega.
Y cuando vuelve la luz, regresa también todo lo que la noche ocultaba: su espalda dándote la furia, el silencio, toda esa distancia que, de algún modo, cabe en apenas unos centímetros de cama, donde ya no eres bienvenida y ahí es cuando ya no te destroza que se vaya. Lo que te destroza es cuando regresan, te besan como si todavía te amaran y tienes que cerrar los ojos solo para creértelo.
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Autor:
VVM (
Online) - Publicado: 8 de octubre de 2026 a las 09:42
- Categoría: Sin clasificar
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