Como los miembros de mi generación, fui buen estudiante,
entre el mundo digital y el analógico, fui puente;
nací sin computadora, viví mi infancia en la calle,
allí aprendí a luchar, a valerme y a no quedarme.
Sigo escribiendo a veces a mano, aunque sea programador,
no nos fiábamos de nadie: conocimos el temor.
Desde jóvenes, el paro y la incertidumbre eran constantes,
y aprendimos a trabajar de forma humilde, hacia delante.
Conocí a las chicas de forma física: pesado y adulador,
acostumbrado a los rechazos, insistiendo sin pudor.
Era parte de aquel juego, de aquella vieja oratoria;
hoy los jóvenes cortejan de otra forma, otra historia.
No teníamos móviles: o estudiábamos o salíamos,
exprimíamos cada instante, cada minuto que teníamos.
La humildad y agachar la cabeza nos fueron inculcadas,
y estar solos no era extraño: eran horas acostumbradas.
Nuestros padres trabajaban los dos; también nuestra madre,
que se multiplicaba mientras persistía el machismo de antes.
Por eso aprendimos a valorar cualquier esfuerzo,
sin medir a las personas por su género o su puesto.
Nos caíamos y aprendimos a levantarnos todo el rato,
sin red, sin instrucciones, sin tener siempre un respaldo.
Quizá no fuimos mejores, ni más duros que los demás:
simplemente fuimos hijos de un tiempo que ya no está.
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Autor:
Josean100 (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 4 de octubre de 2026 a las 05:21
- Comentario del autor sobre el poema: No pensaba escribir, hoy pero al ver por mis hijos y sobrinos la generación actual, y la mía, veo diferencias muy grandes generacionales. Tanta tecnología, tanto móvil, no están tan acostumbrados a las caídas y si buscar culpables de sus fracasos con poca o nula autocritica. Es una reflexión. Gracias al que me lea.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

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