Su bronca sabía a desecho,
a licor de cuentas pasadas.
Vestía almanaques raídos
y ataba su terquedad
con tres nudos.
Su mundo,
un farol de hojalata
y una vela
luchando por respirar.
La pared era su sombra.
Masticaba la rabia
hasta partirse los dientes,
no parecía importarle:
era su única comida.
Caminaba en círculos estrechos
hasta tocar el límite
con los nudillos.
Y bebía imposiciones
hasta embriagarse de lo que haría.
Nunca se persignaba,
llevaba consigo
cuatro clavos y un madero.
Era una mueca gastada
que, de a ratos, sonreía.
a licor de cuentas pasadas.
Vestía almanaques raídos
y ataba su terquedad
con tres nudos.
Su mundo,
un farol de hojalata
y una vela
luchando por respirar.
La pared era su sombra.
Masticaba la rabia
hasta partirse los dientes,
no parecía importarle:
era su única comida.
Caminaba en círculos estrechos
hasta tocar el límite
con los nudillos.
Y bebía imposiciones
hasta embriagarse de lo que haría.
Nunca se persignaba,
llevaba consigo
cuatro clavos y un madero.
Era una mueca gastada
que, de a ratos, sonreía.

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