El Amor Que Dejamos Morir

Luis Barreda Morán

El amor que dejamos morir

No fue el último beso
lo que terminó con nosotros,
ni aquella noche en que nuestras manos
dejaron de buscarse en la oscuridad.

El amor no murió ese día.

Había empezado a morir mucho antes,
lentamente,
sin escándalo,
sin despedidas.

Murió un poco cada vez
que quise contarte mi tristeza
y encontré cansancio en tus ojos.

Murió otro poco
cada vez que mi silencio
te pareció más cómodo
que escuchar mis palabras.

Murió cuando dejaste de preguntarme
qué había sido de mi día,
qué dolía dentro de mí,
qué sueño me había hecho sonreír.

Y yo seguí allí,
recogiendo los pequeños restos
de aquello que alguna vez
habíamos llamado nosotros.

No necesitaba grandes promesas.

El amor nunca fue una fortuna.

A veces solamente necesitaba
tu mano sobre mi hombro,
un abrazo sin explicación,
una mirada que dijera
que todavía había un lugar para mí
en tu corazón.

Pero dejamos de cuidar
aquello que un día
nos había costado tanto encontrar.

Y qué extraño:

uno puede dormir junto a alguien
y sentirse a kilómetros de distancia.

Puede compartir una mesa,
una casa,
una cama,
los mismos domingos,
y, sin embargo,
sentirse completamente solo.

Yo caminaba detrás de ti
más despacio de lo necesario.

No era cansancio.

Era esperanza.

Esperaba que alguna vez
miraras hacia atrás
y comprendieras que yo no quería alcanzarte;

quería que volvieras por mí.

Quería tu mano.

Nada más.

Pero llegó un momento
en que comprendí
que no se puede caminar eternamente
detrás de alguien
que ya no mira hacia atrás.

Entonces dejé de pedir.

Y ese fue quizá
el principio verdadero de la despedida.

Porque mientras uno reclama,
todavía espera.

Mientras uno pregunta,
todavía cree.

Mientras uno llora,
todavía quiere ser consolado.

Pero cuando el corazón
se queda completamente en silencio,
algo definitivo ha ocurrido.

Ya no se está esperando amor.

Se está aprendiendo a vivir sin él.

Y ahora sé
que no fue la falta de palabras
lo que nos separó,

sino todas las palabras
que nunca dijimos.

No fueron los grandes errores,
sino las pequeñas indiferencias
que repetimos hasta convertirlas
en una costumbre.

El amor no exige siempre milagros.

A veces solamente pide
que no lo olvidemos.

Que lo miremos de vez en cuando.

Que lo alimentemos con ternura.

Que recordemos que también puede morir
de hambre.

Y nosotros lo dejamos solo.

Lo dejamos esperando
una caricia que nunca llegó,
una pregunta que nunca hiciste,
un “te amo” que se quedó perdido
en alguna parte de tu silencio.

Por eso no puedo decir
que un día dejé de amarte.

Sería demasiado sencillo.

La verdad es más triste:

te fui dejando de amar
cada vez que tuve que convencerme
de que no necesitaba aquello
que mi corazón pedía.

Hasta que una mañana
descubrí que ya no esperaba nada.

Ni tus palabras.

Ni tus brazos.

Ni tus pasos detrás de los míos.

Y entonces comprendí
la terrible verdad del amor:

no siempre muere
cuando dejamos de sentir;

a veces muere
cuando dejamos de cuidar
lo que todavía sentimos.

Y quizá esa fue nuestra tragedia:

nos amábamos todavía,
pero dejamos de hacerlo
como si el amor, por sí solo,
pudiera salvarse.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA 
Octubre, 2018.
Género: poesía lírica 
Forma: verso libre.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 2 de octubre de 2026 a las 01:06
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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