¿A alguien le pasa que le invade una idea y, de forma, digamos, desorganizada, la plasma sobre lo que tiene cerca: un papel, el móvil, el ordenador, la memoria? Este texto no es un poema, pero quizá sean su naturalidad, su forma espontánea y su voz sincera lo que rescato. De ahí que lo comparta en esta comunidad de Poetas del Alma:
No tengo nada contra nadie, ¿sabes?, ahora mucho menos que antes. Podría decir que aquello se ha reducido casi hasta desaparecer, aunque todavía quedan raíces que arrancar de esta tierra que uno lleva dentro.
Sin embargo, conservo reparos al elegir a quienes quiero cerca y creo que siempre será así. Un lazo invisible nos acerca. Nos buscamos para pedir un consejo o hacer una pregunta cuya respuesta conocemos pero necesitamos escuchar en otra voz, llevar una alegría como regalo entre las manos o llegar con las manos vacías.
Yo puedo contar a mis amigos con los dedos de una sola mano. Uno los descubre, o quizá los redescubre, a medida que la vida nos quita ciertas capas inútiles. Y cuando ya no esperamos nada, queda su presencia.
Son personas sensibles que saben corresponder a un buen gesto y devolver una delicadeza con otra. Incluso ahora, en medio de este estrépito tecnológico que nos mantiene disponibles y extrañamente ausentes, vuelven a la palabra que ha quedado esperándolos y no dejan que envejezca.
No se filtran en la grieta de las noches de viernes para sábado, cuando la vida parece más ligera. Antes de hablar parecen escoger las palabras como quien acerca las manos a una herida. Hay palabras cuyo peso depende del día y de la hora, de la herida y del otro.
Han comprendido que dos personas también se enseñan en la manera de tratarse, en aquello que callan y en la forma, a veces torpe, a veces luminosa, en que abrazan la vida. Cuando están alegres suelen llamarte, y su alegría encuentra otra casa donde quedarse; cuando están tristes, muchas veces callan.
Pero saben que pueden buscarte sin una explicación, sentarse a tu lado y permanecer allí sin decir nada. Hay entre los amigos una habitación sin paredes donde dos personas pueden quedarse un momento sin la obligación de salvarse mutuamente. Y hasta los dolores se confían sin decirlos.
Basta observar cómo viven, cómo atraviesan sus contradicciones, cómo se levantan después de haber caído, porque también ellos, como nosotros, llevan demasiados fracasos acumulados. Demasiados fracasos acumulados.
Y uno de esos días vuelven al bus, a la bicicleta, al mercado en lugar del supermercado, al saludo del ambulante que ya reconoce su rostro, al roce inevitable del desconocido, a la vida sin escaparates. Dejan el inútil empeño de querer ser alguien ante los ojos de otros y vuelven a andar entre la gente, tocar las cosas, conversar, cansarse, equivocarse y volver a casa.
Quizá uno empieza a ser libre cuando deja de perseguir esa imagen de sí mismo y comprende que siempre habrá adversidades, días que tendrá que atravesar con los dientes apretados, pero sabiendo también que en algún lugar le espera una mesa para compartir y tardes en que las penas retroceden. Uno siempre emerge de un hueco cavado en medio de la oscuridad. Eso también termina.
Y acabamos encontrándolos entre el ruido de los días, en busca de cierto fuego. Acaso sea la forma silenciosa en que empieza a desprenderse la costra que dejan los años, las decepciones y el orgullo, hasta hacernos, si tenemos suerte, más comprensivos, más capaces de mirar la fragilidad ajena sin convertirla inmediatamente en un juicio. Quiero decir, más viejos. No hay remedio a esta verdad.
Caemos, nos fracturamos y alguna vez descubrimos una mano que no pregunta cómo ocurrió la caída.
Escribo sobre mi memoria en plena luz, mientras atravieso este breve trayecto del parque hacia el trabajo, que, pensándolo bien, se parece bastante a la vida: unos cuantos pasos recorridos demasiado deprisa, pequeños instantes que desaparecen mientras ocurren y que quise detener en estas palabras antes de que el tiempo los borre. ¿Puede alguien reconocerse en alguna línea, algún gesto, en alguno de esos silencios?
Entre cercanías y distancias, acompañamientos y soledades, os saludo. Sigamos pues andando y, cuando sea necesario volver la vista, reconozcamos en quiénes nos hemos convertido y, por qué no, añoremos también lo que fuimos. Hay una forma de alegría en el recuerdo.
Porque hay que curtirse en lo vivido, en el cansancio del camino y en la alegría que viene casi siempre con el sol. Con la cordura y la locura, la discreción y la risa, con la herida y su pérdida. Miremos a nuestro alrededor. ¿Quién está de nuestro lado?
El que lee, que lo viva.
Ricardo.
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Autor:
Axioma (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 1 de octubre de 2026 a las 14:01
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: ElidethAbreu

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