Hay emociones que fluyen como el agua,
transparencias que vienen a saciar
esa sed invisible
que algunos llaman vida.
Porque también el alma tiene sed.
Sed de una palabra
cuando el silencio pesa demasiado,
de una mano que llegue
sin necesidad de ser llamada,
de unos ojos capaces de quedarse
cuando todos se marchan.
Hay una fuente escondida
en algún lugar de nosotros.
No ocupa un lugar preciso en el cuerpo,
ni tiene un nombre escrito
sobre la piedra.
Pero está.
La buscamos algunas noches,
si el miedo nos despierta,
si una ausencia ocupa demasiado espacio
o necesitamos escuchar
que todavía somos importantes para alguien.
Entonces acercamos los labios
a su agua.
Y bebemos.
Bebemos de un recuerdo,
de una caricia antigua,
de aquella voz que un día
pronunció nuestro nombre
como si fuera distinto
a todos los nombres del mundo.
A veces la fuente se viste de persona.
Alguien que llega
sin conocer nuestra sed
y, sin embargo,
nos ofrece un poco de agua.
Una conversación.
Una sonrisa.
El roce involuntario de unas manos.
La sencilla certeza
de que alguien nos espera.
Descubrimos entonces
que llevábamos demasiado tiempo
caminando por dentro
con la boca seca.
El agua cambia,
se aleja,
encuentra otros caminos.
Por eso aprendemos
a beber despacio.
A guardar entre las manos
lo que la vida nos concede
sin exigirle que se quede.
A acercarnos a la fuente
sin pedirle promesas,
a beber mientras todavía corre
y dejar también nuestro vaso
para quien llegue con sed.
Y continuar el camino
guardando en los labios
la memoria de lo bebido.
José Antonio Artés Sánchez
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Autor:
José Antonio Artés (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 1 de octubre de 2026 a las 11:19
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

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