Ligeros fueron sus pasos por el rudo laberinto.
Al principio, una mano amorosa guiaba su andar;
los pasajes, aún sin salida, eran hermosos,
verdes corredores de flores y aromas,
gratos senderos de profundos lazos.
Descubrió el amor filial en los brazos de su madre. Ella lo llevaba de la mano por aquel laberinto que llamamos vida. Entonces todo era un juego: corría, reía y se perdía entre pasillos verdes, tapizados de hojas y flores de mil colores. Y cuando el camino se volvía confuso, aquella mano siempre estaba allí para devolverle la calma.
Hasta que un día lluvioso, siendo aún un niño, sintió su ausencia.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó a su padre.
—Se fue al cielo —respondió él—, pero no temas. Tendrás otra madre.
Desde entonces, el laberinto cambió. Los corredores perdieron sus colores, las paredes se hicieron ásperas y el calor de aquellos brazos desapareció. Solo mirar al cielo le daba fuerzas para continuar.
Creció entre muros que lastimaban su inocencia. Cayó muchas veces, se levantó otras tantas y siguió caminando, sin saber hacia dónde lo conducían aquellas interminables encrucijadas.
Hasta que un día, al salir de un pasillo gris, vio una luz.
Era la juventud.
Ante él se abrió un jardín inmenso, lleno de praderas, colinas y flores. Y las flores parecían decirle:
—¡Tú eres de aquí! Busca tu lugar. No tienes que luchar; solo encuentra tu rosa.
Caminó entonces por senderos de alegría, cruzó valles cubiertos de pastos dorados y, al llegar a un campo de espigas, encontró una rosa cuya belleza parecía detener el tiempo.
Se acercó.
—¿Qué es de tu vida? —le preguntó ella.
—Está en manos del destino —respondió—. Un destino que muchas veces no he elegido.
La rosa pareció comprender su tristeza.
—Entonces busca una flor cuyo aroma te acompañe. Llévate su esencia por los pasillos del amor. Cuídala, porque será tu compañía y tu bendición. Y cuando llegue el final de tu camino, búscame. No te detengas. Este no es el final.
Él obedeció. Recorrió nuevamente el jardín hasta encontrar aquella flor cuyo perfume quiso llevar consigo. La tomó con cuidado y regresó al laberinto.
A partir de entonces, los pasillos fueron distintos.
Caminó junto a su amada flor durante muchos años. Hubo caminos equivocados, muros, noches y pasajes sin salida, pero el aroma de aquella flor le recordaba que siempre había una razón para continuar. De su amor nacieron frutos, y esos frutos fueron creciendo a su alrededor mientras él avanzaba.
Hasta que un día, inesperadamente, volvió a quedarse solo.
Su flor había desaparecido.
El laberinto recuperó su grisura. Las paredes volvieron a parecer enormes y el corazón se le llenó de un dolor que no podía comprender.
Caminó sin rumbo, preguntándose por qué la vida le imponía aquella nueva ausencia. Ya no encontraba razones para seguir. Solo el impulso de respirar lo hacía avanzar.
Entonces, después de mucho errar entre muros sin salida, volvió a ver una luz.
Se acercó lentamente.
Al fondo había una pequeña flor.
La reconoció de inmediato.
Era su rosa.
Se acercó a ella con las últimas fuerzas que le quedaban y la tomó entre sus manos. Sus pétalos estaban casi secos y su tallo cubierto de agudas espinas. Pero él no tuvo miedo.
La abrazó.
Las espinas se clavaron en su cuerpo y, en aquel último abrazo, su vida pareció fundirse con la de la rosa. Ella recibió de él el último aliento de su existencia y todo el amor que alguna vez había entregado a otros.
Entonces sintió que su alma abandonaba aquel cuerpo ya cansado.
Y comprendió.
Él era la rosa.
Siempre lo había sido.
Una brisa suave lo elevó y lo llevó hacia un arco lleno de luz, paz y armonía. Al otro lado había un jardín inmenso. Allí, una brisa amorosa lo plantó junto a otras rosas.
Sus pétalos eran poesía.
Su tallo, amor verdadero.
Y cada vez que el viento pasaba entre sus ramas, la rosa exhalaba versos que viajaban por todo el jardín.
Eran los versos de una vida entera.
De un hombre que había recorrido el laberinto buscando el amor…
sin comprender que, al final, él mismo se convertiría en la flor que dejó su perfume en los demás.
Andres Romo
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Autor:
Andrés Romo (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 30 de septiembre de 2026 a las 23:32
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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