EL PLAYBOY

LA MECHE Y WCELOGAN đź”›



EL PLAYBOY

 

 

 

Conocí a un tipo que no trabajaba.

Él prefería decir que tenía una profesión.

—¿Y a qué te dedicas?

La pregunta no le gustaba mucho. No porque le avergonzara la respuesta, sino porque le parecía demasiado vulgar resumir una carrera tan sofisticada en una sola palabra.

—Soy playboy —respondía, con una solemnidad propia de un ministro.

Según él, era un oficio digno, exigente y, sobre todo, lucrativo.

—Aquí no hay nada regalado —me explicó una vez—. Hay que invertir en imagen, vestuario, transporte, restaurantes y mantener una agenda de primer nivel.

Y vaya que tenía agenda.

Aquel hombre tenía más citas que un médico de la Caja Costarricense de Seguro Social.

Se le escuchaba por teléfono:

—Sí, preciosa... mañana a las ocho.

Pausa.

—No, amor, esa tarifa es para habitación estándar. Si quieres suite presidencial, hablamos de otro presupuesto.

Otra pausa.

—¿Todo incluido?

Sonreía.

—Bueno... todo incluido, pero con ciertas condiciones.

Tenía gustos caros y una aversión casi religiosa al trabajo convencional.

No conocía la fábrica, la oficina ni el despertador.

Decía que levantarse temprano era una forma de violencia laboral.

Poseía cinco automóviles.

Un Porsche.

Un Mercedes-Benz.

Un BMW.

Un Ferrari.

Y uno más: un armatoste tan viejo y destartalado que parecía haber sobrevivido a tres guerras y dos gobiernos.

—Ese es para pasar desapercibido —explicaba.

El problema era que hacía ruido por todas partes menos por el claxon.

Una vez lo vi llegar con aquel cacharro.

—¿Y eso?

—Mi vehículo de bajo perfil.

—¿Bajo perfil?

—Claro. Nadie sospecha que un playboy maneje semejante desgracia.

Tenía, además, una teoría muy particular sobre los riesgos de su profesión.

Algunas noches debía abandonar los aposentos por rutas poco convencionales.

Una vez salió por una ventana.

Otra, por el balcón.

Y en una ocasión, según él, tuvo que descolgarse por una fachada agarrándose de donde podía, como el Hombre Araña, mientras arriba un marido indignado le gritaba cosas que no eran precisamente cumplidos.

Cuando por fin llegó al suelo, se acomodó la camisa, se peinó y dijo:

—Cuestiones del oficio.

—¿Y no te parece peligroso?

—Todo trabajo tiene sus riesgos.

—Pero tú casi te matas.

—Eso demuestra que es un trabajo serio.

Nunca lo vi preocupado por el futuro.

Decía que tenía buenos contactos, clientela selecta y una reputación bastante sólida dentro de su ramo.

—¿Y jubilación?

—No existe.

—¿Seguro social?

—Tampoco.

—¿Plan de pensiones?

—Tengo uno mejor.

—¿Cuál?

—Que me sigan invitando a cenar.

Era un hombre de convicciones.

No se consideraba mantenido, mucho menos gigoló.

Esas palabras le parecían poco profesionales.

—Yo soy un prestador de servicios afectivos —aclaraba.

Y si alguien insinuaba que aquello era simplemente vivir de las mujeres, se indignaba.

—¡No, señor! Yo vivo de mi trabajo.

—¿Y cuál es exactamente tu trabajo?

Se quedaba pensando unos segundos.

—Hacer felices a personas con recursos.

Lo decía con la tranquilidad de quien acaba de presentar su declaración de renta.

Hasta que un día desapareció.

Según él, no fue por problemas, sino por expansión empresarial.

Lo último que supe es que vendió el Ferrari, conservó el Porsche y compró otro cacharro para mantener el bajo perfil.

Y que seguía trabajando, según su definición.

Porque cuando alguien le decía que aquello no era un trabajo, levantaba la ceja, se acomodaba el saco y contestaba:

—¿Cómo que no? Tengo horario flexible, buenas propinas, cero jefes y una excelente remuneración.

Hizo una pausa.

—Lo único que todavía no entiendo es por qué le dicen honorarios...

Sonrió.

—...si yo siempre he trabajado por honor.

Y se fue.

En el Porsche.

Porque hasta para defender su dignidad profesional tenía que hacerlo con clase.

  • Autor: Wii (SeudĂłnimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 30 de septiembre de 2026 a las 00:17
  • CategorĂ­a: Humor
  • Lecturas: 1


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