¡BIENAVENTURADOS TODOS! (Un intento de acercamiento entre el dogma y la realidad humana espiritual)

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LAS BIENAVENTURANZAS «humanizadas»

Un intento de acercamiento comprensivo entre el dogma duro trasmitido y la humanidad cotidiana


 

Las bienaventuranzas quizás sean uno de los puntos donde la distancia entre lo que plantea el lenguaje espiritual, la tradición y el dogma, esto respecto de la experiencia humana, ello se vuelve como más intimidatoria, menos plausible, más dubitativa.

Intentaremos conservar la inversión de los valores que hemos concebido, tomando algunas de esas Bienaventuranzas como foco del intento que se despliega, para que en su caso efectuemos ese movimiento, y él sin convertir el sufrimiento, la pobreza, la humildad, en categorías espiritualmente superiores por sí mismas. 

 

Lectura de las bienaventuranzas. 

video audio y texto

(De un núcleo seleccionado de algunas ellas: éstas por ser más representativas de la tensión que las mismas, como propuestas o valoraciones espirituales, pueden generar en el ser humano, a través de su lectura literal, o primera o sin una comprensión más profunda, volviéndolas de difícil aceptación desde el punto de vista cotidiano humano).

 

«Bienaventurados sean los pobres, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los mansos». «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, bienaventurados los misericordiosos». «Bienaventurados los que trabajan por la paz».

 

Estas palabras, escuchadas desde la vida cotidiana, ellas pueden producir una reacción extraña, incluso hasta de rechazo; eventualmente. 

Porque las mismas parecerían querer decir que existe una especie de preferencia espiritual divina por quienes sufren, por quienes carecen, por quienes lloran o por quienes viven en posiciones débiles. 

Como si la pobreza fuera mejor que la abundancia, como si sufrir fuera superior a vivir en paz, como si la humildad hiciera más valiosa a una persona que el éxito.

 

Y probablemente allí comience una otra de esas grietas,  que aquí -en el trabajo mayor, anunciado arriba- estamos queriendo reducir: entre la espiritualidad dogmática y la que es humanamente factible de vivir. 

 

Y para ello, en este caso, tal vez una pequeña palabra pueda ya cambiar mucho el planteo. 

 

Esa palabra es también.

 

 

Veamos, releamos lo anterior. 

 

«Bienaventurados también los que lloran, bienaventurados también los pobres, bienaventurados también los mansos, bienaventurados también quienes atraviesan una vida difícil». 

 

Estas bienaventuranzas surgen no porque estas circunstancias sean deseables, sean valoradas en sí; no aparecen porque Dios prefiera a quien sufre, no se sostienen porque haya más espiritualidad en la carencia que en la abundancia; sino porque ninguna circunstancia humana debería excluir a nadie de la posibilidad de una vida plena, digna y espiritualmente fértil.

 

Ese «también» interpuesto restablece una igualdad: 

 

El rico no es menos humano por ser rico, el pobre no es espiritualmente superior por ser pobre, quien vive una existencia tranquila no debería sentirse culpable por no sufrir, y quien atraviesa una tragedia no debería concluir que su vida ha perdido valor. 

 

Las circunstancias no establecen por sí mismas jerarquías espirituales; las circunstancias son escenarios, simplemente, y dentro de ellos cada persona hace, va haciendo su recorrido. 

 

 

Hay quienes atraviesan la abundancia con generosidad, y otros en cambio que lo hacen pero con la soberbia.

Hay quienes atraviesan la pobreza con dignidad, y otros que en cambio la acusan pero con resentimiento. 

Hay personas que sufren y que sin embargo crecen, y hay otras que sufriendo largamente incluso quedan sin embargo destruidas. 

Hay personas que triunfan y que se vuelven simultáneamente, concomitantemente, tal vez más humanas; y otras a quienes el éxito paradójicamente las vuelve incapaces de mirar alrededor.

 

No es la circunstancia lo que santifica una postura, una acción, una realidad. 

Una persona es lo que el ser humano en él, como común denominador, él puede llegar a hacer con ella. 

 

Por eso quizás las bienaventuranzas no deban escucharse como una lista de personas, o de roles, o de situaciones, o de perfiles preferidas por Dios.

Estas pueden escucharse más bien como siendo a la vez una enorme afirmación, si bien se la entiende. 

 

Ninguna situación humana te deja por fuera del camino, ni siquiera aquellas que el mundo considera fracaso, por ejemplo. 

 

Ese cambio es profundo: porque humanamente solemos medir a la vida con criterios muy concretos: con el hecho de tener, o de lograr, o de ganar, o de ser reconocido; o de estar sano, o de no padecer.

 

Y, siempre se trata de conseguir «seguridad»: y todo eso para eso humanamente importa. 

 

Sería absurdo negar su valor, el de cada aspecto, de cada circunstancia, de cada resultancia inclusive, eso a priori. 

La pobreza, claro que duele, la enfermedad limita, la pérdida lastima, y la injusticia destruye.

No necesitamos idealizar ninguna de estas cosas para encontrar en ellas una posible dimensión espiritual. 

 

Con las bienaventuranzas quizás, lo que se nos está diciendo es algo distinto. 

Que tu vida no deja de tener valor porque hayas perdido aquello con lo que normalmente mides o medías su valor.

Y esto en sí mismo puede ser enormemente liberador. 

 

  • Porque una persona puede perder dinero sin perder dignidad. 
  • Puede perder una posición sin perder para nada humanidad.
  • Puede atravesar el dolor sin quedar espiritualmente anulada. 
  • Puede inclusive no haber triunfado según los criterios dominantes y sin embargo haber crecido profundamente. 

 

Y esto también opera, también ocurre al revés.

 

  • Alguien puede alcanzar todo lo que esperaba y sin embargo en algún momento descubrir que no ha crecido nada. 
  • O puede haber acumulado éxito material externo, pero haberse empobrecido interiormente. 
  • Puede ser admirado, pero sin embargo puede no saber quién realmente es.
  • Puede ser poderoso y estar dominando, en concreto: pero también estar dominado por sus propios temores. 

 

 

Entonces las bienaventuranzas, comienzan así a funcionar como una especie de «corrección» a nuestra manera de valorar, de medir. 

No dicen necesariamente que si sufres eres bueno.

Bien leídas pueden decir, «esto que estás sufriendo no agota a lo que eres, ni menos cancela lo que todavía puedes llegar a ser». 

 

Y allí aparece claramente, el valor reconocido en las bienaventuranzas, de quienes buscan justicia, de quienes practican la misericordia, o de quienes trabajan por la paz. 

Y no aparece de la manera tal de que se plantee que «deban recibir una medalla espiritual», sino que porque demuestran en sus circunstancias, a formas de crecimiento que no siempre, si bien están en curso, que no siempre producen un éxito visible.

 

Quien evita un conflicto puede quizás parecer débil. 

Quien perdona puede ser mirado como de alguna manera derrotado. 

Quien se niega a aprovecharse de otro puede objetivamente perder una determinada ventaja.

Quien permanece íntegro puede pagar un precio. 

 

Y el mundo puede interpretar esas situaciones según el cristal con que sean vistas; y en la situación en concreto, como siendo ‘fracasos’. 

 

 

 

  • Pero las bienaventuranzas bien leídas parecen introducir, ahora mejor comprendidas, otra escala.
  • Las mismas no niegan al mundo, ni dicen que perder sea siempre ganar. 
  • Pero recuerdan que hay ganancias humanas que no siempre tienen apariencia de victoria, y eso las vuelve más complejas; y a nuestra idea misma de felicidad. 

 

 

Porque el hecho quizás de ser bienaventurado no significa simplemente estar contento, ni siquiera feliz, ni cómodo. Ni libre de problemas.

Puede, en realidad creo que significa algo más humano. 

 

Que incluso dentro de una situación adversa todavía existe y persiste una posibilidad de crecimiento en concreto; de dignidad superlativa y de sentido profundo. 

Y mirarlas de esta manera, eso las cambia mucho.

 

Pues se puede ver que ellas no glorifican el sufrimiento, y se empieza a reconocer sí, la capacidad humana de atravesarlo. 

Las mismas no exaltan la herida, pero en ellas se reconoce que la persona herida sigue siendo todavía y por siempre más que su herida. 

 

No se está exaltando la pobreza en las bienaventuranzas.

Lo que se afirma es que el pobre no pierde valor por carecer. 

 

En las mismas no se glorifica al perseguido. 

Lo que se hace es que se afirma que la injusticia padecida no convierte su vida en una vida espiritualmente inferior.

 

Y tampoco se condena al que ha tenido suerte. 

 

Porque si todos somos iguales ante Dios, la abundancia también es un escenario espiritualmente concebible y concretado. 

 

Quien tiene mucho .. enfrenta sus propias pruebas.

Qué hace con eso, cómo se relaciona con los demás, qué necesita acumular y qué no; qué teme perder. 

Cuánto de su identidad depende de lo que posee, qué capacidad conserva realmente de comprender a quien vive de otra manera. 

 

Y cada circunstancia contiene posibilidades, ahora lo podemos ver mejor: de crecimiento y posibilidades también de extravío, de desvío.

Y quizás esto sea una mirada mucho más coherente, con una espiritualidad dogmática, original, pura. Pero ahora ya verdaderamente humana, humanamente interpretable y traducible. 

 

  • Y ya no una que nos propone pensar a la vida como una especie de competencia en la que determinadas condiciones nos acercan, digamos que «automáticamente» a Dios.
  • Sino en cambio pensar la vida como una diversidad inmensa de situaciones, dentro de las cuales cada persona dispone siempre de una posibilidad de transformarse, de crecer, de ser mejor. 

 

 

Claro, en este «juego» no todos recibimos las mismas cartas, 

 

– no todos partimos del mismo lugar, 

– no todos poseemos las mismas capacidades 

– ni todos enfrentamos las mismas dificultades.

 

Y si lo pensamos bien sería profundamente injusto medir los caminos estos, diferentes, como si fueran idénticos. 

 

Porque dentro de esa desigualdad de circunstancias puede, y de hecho existe una igualdad mucho más profunda: 

la que marca que ninguna vida está espiritualmente clausurada de antemano por ningún factor, por ninguna circunstancia ni por ninguna señal. 

 

Todos podemos crecer, todos podemos desviarnos, todos podemos despertar, todos podemos endurecernos. 

 

Todos podemos utilizar aquello que nos tocó vivir como materia de desarrollo.

 

…

Y aquí entra el otro gran factor: 

Porque dentro de la excelsa divinidad, la dogmática y pura, y de la mediocre humanidad -en tren de crecimiento- también participa en todo el escenario, en el despliegue de tal obra, la libertad. 

 

Y en ella en particular, como un factor que es humano, como que es herramienta, como que es una presencia ineludible; ahí entra la presencia del libre albedrío. 

Este no como siendo un absoluto en sí, sino que, y como nadie elige todas sus circunstancias, como nadie fabrica desde cero su carácter, como nadie decide su historia inicial, el libre albedrío nos asistirá siempre en contar y en desplegar ese margen de libertad frente a las situaciones. y a sus posibles formas de resolución.

 

Dentro de aquello que nos ha sido dado, heredado o impuesto que nos haya acontecido, siempre existe algún margen de respuesta. 

A veces es el mismo grande; a veces es pequeño: pero sí que existe, siempre. 

 

Y quizás, seguramente, buena parte de la vida espiritual ocurra precisamente allí, en ese espacio de las posibilidades: 

en la capacidad, en la posibilidad permanente, omnipresente de decidir qué hacemos con aquello que no hemos elegido, ni ser, ni que nos acontezca/aconteciera.

 

 

  • Entonces, las bienaventuranzas dejan de parecer ya lo que inicialmente pudo parecer: una exaltación de determinadas desgracias. 
  • Se convierten en cambio en una declaración de esperanza radical, de que también, desde aquí y allí, desde donde sea, también siempre se puede crecer. 

 

 

Sea desde la pobreza, sea desde el duelo profundo, sea desde la fragilidad. 

Sea desde una derrota, o desde la invisibilidad, o hasta desde la injusticia.

 

Pero también desde la riqueza, también desde la alegría, también desde la salud, 

también desde el éxito, también desde una vida serena. 

 

Ninguna condición humana contiene persé el monopolio sobre la virtud, y ninguna garantiza por sí sola la caída o la pérdida de la misma. 

Y es por eso que quizás podríamos intentar traducir las enseñanzas de las bienaventuranzas de una forma distinta.

«Bienaventurados también sean quienes atraviesan aquello que el mundo le llama fracaso, o carencia, o debilidad:  porque nada de eso los expulsa de la posibilidad de crecer, de encontrarle sentido a su vida y de desarrollar plenamente su humanidad». 

 

Y habría que agregar inmediatamente. 

«Bienaventurados también quienes han recibido abundancia, fuerza, o fortuna, 

porque el desafío es si es que saben convertirlas en materia de crecimiento, 

y no, en cambio, en razones para creerse acrecidos o superiores».

 

Tal vez el mensaje profundo no sea que Dios «prefiere» a unos: a los que sufren, a los pobres; 

sino, seguramente ahora bien leído, que tal mensaje profundo es algo que es mucho más amplio. 

 

Él mismo dice: 

 

«Dios no abandona a nadie por las circunstancias que le haya tocado vivir«. 

 

…

 

Y entonces, las Bienaventuranzas pueden dejar de dividir el mundo entre «favorecidos espirituales» y desfavorecidos; como en muy primera y burda lectura a alguien le pudiera parecer. 

 

Y pueden empezar a decirnos algo que es mucho más profundo, que es más cercano: 

 

 

Que allí, en donde sea que estés, con aquello que tengas y con aquello que te falte, 

¡allí todavía existe un camino posible, propio y personal e intransferible, hacia una humanidad mejor!: 

a la tuya … la posible.

 

 

 

…

 

 

¡Y quizás ese sea el verdadero consuelo que las bienaventuranzas originariamente pretendieron transmitir! ¡Y no transmitir un mensaje que por mucho tiempo quizás haya sido mal leído!: 

… el de que «sufrir nos puede hacer mejores». 

 

Sino que, en cambio, este mensaje siendo: 

«¡Ni siquiera el sufrimiento tiene la última palabra sobre lo que podemos o no llegar a hacer!». 
«¡Ella, siempre la tenemos, nosotros, cada uno!: 

 

¡Seamos lo que seamos!… 
¡Podamos lo que podamos!… 
¡Estemos en donde estemos!…

 
  • Autor: El Pensador UY (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 28 de septiembre de 2026 a las 10:55
  • Comentario del autor sobre el poema: Se puede tomar como alternativa de la lectura o de la audición del texto leído en soundcloud, por viendo un video que integra todo, el cual está disponible en mi google drive a través del siguiente link; al que probablemente deban seleccionar como texto y luego copiar y pegarlo en la barra de direcciones de cualquier explorador de internet. El link en texto (no queda activo en el comentario) es: https://drive.google.com/file/d/1JrGhGbIi2n3kLPG8A7Jqg0_YdwjEVMmX/view?usp=drive_link ¡SE RECOMIENDA ESTA ALTERNATIVA! ya que imagen y sonido "dicen más y mejor" que la simple lectura. Gracias
  • Categoría: Espiritual
  • Lecturas: 2


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