Abolición de la necesidad.
Hay ciudades que despiertan con la lengua de sal,
campanas oxidadas bajo una lluvia ácida,
habitantes que entregan sus rostros
antes de cruzar la primera calle.
Ninguna mano los obliga.
Eso es lo más terrible.
Cada cual lleva consigo
la pequeña razón de su vulnerabilidad,
la justificación cuidadosamente pulida,
las pretensiones de una prosperidad
que exige tributo cada amanecer.
En las torres,
un prisma descompone la luz
sobre vitrales enfermos,
mientras abajo
los mercaderes pesan deseos
en balanzas de cobre.
Tener poco enseña a necesitar más.
Quien posee mucho teme a la pérdida.
Entre ambos extremos
crece una criatura
que jamás reclama nada,
porque sabe esperar.
La llaman preferentemente costumbre.
Pero su forma cambia
según quien la alimente.
Una mujer ofrece su juventud.
Un hombre entrega sus noches.
Otros sacrifican su dignidad
por unas horas de alivio.
Después regresan, siempre lo hacen.
El templo permanece abierto 24 horas.
Sobre la pagoda
arde una inscripción que nadie recuerda haber escrito.
Debajo, reliquias de antiguas voluntades
reposan dentro de urnas de vidrio,
conservadas como prueba
de que alguna vez pertenecieron a alguien.
Hay manos que se buscan
sin convertirse en cadenas,
bocas que beben de la misma fuente
sin reclamar su cauce.
Pero cuando el condicionamiento da órdenes:
comienza a decidir
quién camina, quién se detiene,
quién permanece de rodillas.
La voluptuosa sacerdotisa anuncia la abolición
de todas las formas de obediencia.
La multitud aplaude.
Luego pregunta:
¿Qué debe hacer para conservar aquello que no quiere perder?
Ninguna voz responde.
El silencio cruje como piso apolillado,
porque la orfandad no le parece una concesión,
sino la navaja que amputa la necesidad.
No basta con romper el altar
si se conserva el hambre por el milagro:
la dependencia, incluso la más cálida,
es solo una forma lenta de gangrena.
Para dejar de pertenecer,
hay que aprender a deslizar la raíz.
Un muro de niebla
se levanta entre la pregunta y la respuesta.
Detrás algo respira.
No parece un monstruo.
Es peor.
Tiene la silueta exacta
de aquello que cada alma considera necesitar.
Las fluctuaciones del deseo
alteran el cielo.
Las estrellas pierden su sitio,
los ríos cambian de cauce,
la tierra se abre lentamente
bajo los pies de aquellos que juraron no volver.
Algunos avanzan.
Otros regresan.
Los más perspicaces
comprenden demasiado tarde
que la voluntad también puede cansarse.
Entonces comienza el envilecimiento.
se negocia, justifica,
por último se agradece.
La abominación ya no necesita perseguir a nadie.
Le siguen.
En los sótanos del Diyu,
los antiguos guardianes
conservan instrumentos destinados
a medir aquello que no puede contenerse:
Cuánta incertidumbre debe soportar un hombre
para entregar su criterio,
cuánta autosuficiencia debe acreditar una mujer
para llamar refugio a su renuncia,
cuánta necesidad basta
para convertir una elección
en una costumbre.
Las respuestas permanecen grabadas
sobre tablas de piedra.
Ninguna ofrece salvación.
Solo cifras, identidades y fechas.
Una de ellas pertenece a alguien
que todavía camina entre nosotros.
El horizonte se parte en dos,
los astros caen como ceniza sobre las ciudades.
El cielo abre sus entrañas,
la tierra responde con fuego.
No hay sentencia.
Mucho menos hay calamidad.
¿Y qué decir de la liberación?
Porque abolir aquello que gobierna
no significa exterminar el apego.
Puede existir que esa sea
la crueldad más antigua:
después de reconocer al amo
todavía pueda parecer preferible
seguir alimentándolo.
Cuando el último consuelo se extingue,
solo queda un corazón que se yergue a cierta dicha.
Al alba,
la ciudad vuelve a abrir sus puertas.
Los mercados ciegos despiertan.
Las campanas vuelven a tañir.
Cada habitante recoge cuidadosamente
aquello sin lo cual asegura
que no podría vivir.
¿Así la rueda continuará?
Al otro lado del muro de niebla,
inmóvil y paciente,
la abominación contempla
cómo regresan hacia ella.
No los llama… ya no hace falta.
XElthan
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Autor:
Elthan (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 28 de septiembre de 2026 a las 00:25
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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