EL AMOR QUE INVENTAMOS
Te busqué donde la noche
guarda sus nombres secretos,
detrás de la lluvia,
en la respiración de los árboles,
en ese lugar donde el silencio
parece recordar lo que nosotros olvidamos.
No sabía tu rostro.
Y, sin embargo,
ya te amaba.
Te había inventado lentamente
con pedazos de cielo,
con la tristeza azul de las tardes,
con una boca que nunca besé
y unos ojos que jamás habían mirado los míos.
Te hice alta como una esperanza,
dulce como la primera lluvia,
lejana como las estrellas
que uno contempla sabiendo
que quizá ya murieron
mientras todavía las vemos brillar.
Por ti caminé muchas noches.
Pregunté a las calles
por una mujer que no conocían.
Le pregunté al viento
si alguna vez había rozado tus cabellos.
Le pregunté a la madrugada
por qué dejaba abiertas sus ventanas
si detrás de ellas no estabas tú.
Y la madrugada, indiferente,
me respondió con pájaros.
Entonces comprendí
que el corazón también fabrica espejos.
Uno mira en ellos
y cree encontrar a alguien,
pero acaso solamente contempla
la forma secreta de su propia soledad.
Yo te había puesto una voz
para escucharla en el silencio.
Te había dado manos
para sentirlas en mis sueños.
Te había concedido una risa
que nunca había nacido de tus labios.
Y te amé por todo aquello.
Te amé por lo que eras
sin haber existido,
por lo que esperaba de ti,
por la mujer que mi deseo
había construido pacientemente
con los materiales de mi tristeza.
Qué extraño es el amor:
a veces no amamos a quien llega,
sino a quien imaginamos que llegará.
Por eso seguimos esperando
frente a puertas que nadie abrirá,
pronunciando nombres
que ninguna voz responde,
guardando en las manos
una flor que solamente creció
en nuestra memoria.
Una tarde dejé de buscarte.
No hubo relámpagos,
ni campanas,
ni ninguna señal del cielo.
Simplemente comprendí
que el horizonte no era una puerta,
que la luna no escondía una mujer,
que ninguna sombra venía hacia mí.
Y entonces sentí tristeza.
No porque te hubiera perdido,
sino porque descubrí
que nunca te había tenido.
Habías sido solamente
esa pequeña eternidad
que inventa el corazón
cuando se niega a aceptar
que está solo.
Desde entonces,
cuando miro las estrellas,
ya no les pregunto quién vive en ellas.
Las miro.
Y basta.
Porque he aprendido
que hay bellezas que no necesitan pertenecerme,
que hay mujeres que deben ser amadas
sin convertirlas en sueños,
y que el amor verdadero comienza
cuando dejamos de exigirle al mundo
que se parezca a nuestra imaginación.
Quizá por eso todavía te recuerdo.
No como eras,
porque nunca llegué a conocerte,
sino como aquello que fuiste:
una hermosa equivocación del corazón,
una pregunta sin respuesta,
una puerta que inventé en medio de la noche
para tener hacia dónde caminar.
Y cuando alguna vez la soledad
vuelve a sentarse conmigo,
sonríe y me pregunta por ti.
Yo no respondo.
Miro hacia el cielo.
Y comprendo, al fin,
que algunas veces el amor
no es encontrar a alguien.
Es descubrir, después de buscarlo durante años,
que aquello que perseguíamos
era solamente
la luz que nosotros mismos
habíamos puesto en la oscuridad.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2015
Género: poesía lírica
Forma: verso libre.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 27 de septiembre de 2026 a las 00:20
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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