EL AYER NO EXISTE
Por: La Meche y Wcelogan
Despertó a las seis y cuarto.
Lo supo porque el reloj digital de la mesa marcaba esa hora.
No sabía dónde estaba.
No sintió miedo.
Eso fue lo extraño.
Miró el techo, luego las paredes, después sus propias manos.
—¿Quién soy?
La pregunta salió de su boca con una naturalidad absurda.
Se levantó y caminó hasta el baño.
Frente al espejo encontró a un hombre de unos sesenta años, cabello entrecano, barba de varios días y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
Se tocó la cara.
El hombre del espejo hizo lo mismo.
—¿Me conozco?
Nada.
Abrió el grifo.
Sabía lavarse los dientes.
Sabía afeitarse.
Sabía hacer café.
Sabía que la camisa azul iba con el pantalón gris.
Sabía conducir, leer, hablar.
Sabía incluso que el café estaba demasiado caliente.
Pero no sabía por qué sabía todas esas cosas.
Abrió el armario.
Había camisas, zapatos, documentos, fotografías.
Tomó una de ellas.
Aparecía él junto a una mujer de cabello oscuro.
Ella sonreía.
Él también.
En el borde inferior alguien había escrito:
«Para siempre.»
Le dio vuelta.
No había ningún nombre.
Buscó en los cajones y encontró un pasaporte.
El nombre era suyo.
Al menos eso decía el documento.
ERNESTO VARGAS.
Fecha de nacimiento.
Dirección.
Número de identificación.
Todo estaba allí.
Excepto él.
Ernesto salió a la calle.
Una mujer que vendía flores lo miró y sonrió.
—¡Don Ernesto!
Él se detuvo.
—¿Nos conocemos?
La mujer dejó de sonreír.
—Claro que nos conocemos.
—Lo siento. No la recuerdo.
Ella lo observó durante unos segundos.
—Entonces tampoco recuerda lo que hizo.
Ernesto sintió un frío extraño.
—¿Qué hice?
La mujer negó con la cabeza.
Como quien se niega a repetir algo por segunda vez.
Le puso un clavel en la mano.
—Ande.
Vaya a averiguarlo usted mismo.
Durante los días siguientes comenzó a reconstruir su vida como quien arma un rompecabezas comprado en una caja equivocada.
Un vecino aseguró que era un hombre tranquilo.
El dueño del bar dijo que bebía poco.
Un antiguo compañero de trabajo afirmó que era brillante.
Otro dijo que era un desgraciado.
Una mujer de cabello claro lo abrazó llorando.
—Te esperé veinte años.
Ernesto se apartó.
—¿Quién eres?
Ella lo miró como si acabara de morir nuevamente.
—Tu esposa.
Lucía.
Esa noche encontró una caja debajo de la cama.
Dentro había cartas.
Decenas.
Todas escritas por él.
En una decía:
«No quiero volver a ser ese hombre.»
En otra:
«Algún día entenderás por qué tuve que hacerlo.»
Y en la última:
«Si estás leyendo esto y no recuerdas nada, funcionó.»
Ernesto dejó caer la carta.
Debajo había una cinta y un viejo reproductor.
Pulsó el botón.
Su propia voz llenó la habitación.
—Si llegaste hasta aquí, significa que finalmente olvidaste.
Silencio.
—No intentes recuperar la memoria.
Ernesto se quedó inmóvil.
—Lo que hiciste fue necesario.
Pausa.
—Pero no fue bueno.
Durante años intentaste convencerte de que eras una buena persona.
No lo eras.
Tampoco eras un monstruo.
Eras un hombre que tomó una decisión que no pudo soportar recordar.
Por eso elegiste olvidar.
Pero hay algo que no pudiste borrar.
A la persona que amabas.
La grabación terminó.
Ernesto volvió a mirar la fotografía.
La mujer de cabello oscuro.
La sonrisa.
«Para siempre.»
Le dio vuelta otra vez.
Entonces reparó en una mancha oscura, vieja, que había tomado por humedad.
Al pasar el pulgar sobre ella, notó que el cartón estaba levantado en una esquina.
Tiró con cuidado.
Detrás de la fotografía había una hoja doblada.
Tan pequeña que apenas cabía entre el cartón y el marco.
Reconoció su letra.
«Se llamaba Clara.
No era Lucía.
La maté yo.»
Ernesto leyó las dos frases varias veces.
No apareció ningún recuerdo.
No vio su rostro aquella noche.
No supo cómo había ocurrido.
Solo tenía aquella hoja en la mano...
y la voz de un hombre que había elegido olvidarlo todo.
Apagó el reproductor.
Se quedó sentado en la oscuridad.
Y por primera vez desde que despertó...
lloró.
No porque recordara.
Sino porque empezaba a entender.
A veces olvidar no significa perder el pasado.
A veces significa esconderlo.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 26 de septiembre de 2026 a las 12:23
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 2

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