Bajo el pálido sol que ya declina
sobre las lomas mudas y marchitas,
arrastra el caminante su fatiga.
Los harapos que visten su abandono
se agitan con el soplo de la tarde,
mientras la niebla densa va ocultando
los restos de su planta quebrantada.
Su mano, semejante a rama seca,
tiembla en el aire frío, suspendida;
no busca el pan, sino el sagrado asilo
de una mirada que devuelva el alma
a su gastada y triste arquitectura:
recíbeme en la noche como soy.
La tarde cae, y en el pecho enfermo,
como en ruinas de un templo abandonado,
brilla un destello de la antigua gloria.
Pues todo hombre guarda en su secreto
el solio de un imperio ya perdido,
un cetro de dolor con que gobierna
la estéril soberanía de su llanto.
Desde esa majestad desmoronada,
el golpe sordo de su orgullo herido
resuena entre los árboles desnudos,
dictando su postrera y fiel demanda:
inclínate ante el rey de las desdichas.
Pesa en el hombro la gastada alforja,
muda testigo de los años graves,
donde se esconde el polvo del camino
y el fardo gris de tantas ilusiones
que el tiempo transformó en eterno tedio.
Si has de tocar mi piel marchita y fría,
si buscas el calor en este pecho,
mide primero el peso del invierno
que arrastro en mis espaldas solitarias,
y en el silencio de este ocaso largo,
ámame en la penumbra que me queda.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 23 de septiembre de 2026 a las 14:38
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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