Si supiéramos en qué estación de la noche
nos esperan detrás de una puerta
o en el fondo de un vaso, ese abismo
desde donde un cuerpo fuga a la otra orilla,
(¿por qué no llamarás nunca
antes de entrar?)
Si supiéramos por cuál fisura humana
su primer brote
nos arranca un trozo de alma,
y sus raíces siempre en el rictus
de unos labios resecos,
en la llaga que traspasa la mano
o en el abierto costado.
Si supiéramos
por qué son negras
y no rojas, las rosas
que en el jardín de nuestra carne brotan
y son hiedras en los ojos
que nos hurtan toda luz.
Si pudiéramos al menos extirpar
una a una sus espinas,
sin que después y tercamente
vuelvan a crecer y tercamente
vuelvan a herir la frente y los ojos
y la luz nos vuelva una sombra doliente
una mancha de sangre sobre el asfalto;
pero ahí están las rosas negras
allí donde una ligereza
nos dejó el vacío inhumano
de una caricia que no fue jamás
y quedó enmohecida en el recuerdo,
allí donde guardábamos el arcano
de las palabras que jamás oímos,
ahí florecen, junto al silencio,
en los huecos de las despedidas,
en los invernaderos de la soledad más abyecta,
en los campos del desamor.
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Autor:
Eduardo Palacios (
Online) - Publicado: 23 de septiembre de 2026 a las 12:07
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais

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