Abrió el hocico…
y ya no pudo cerrarlo más.
La pelea ya había comenzado.
La sangre se comenzaba a derramar.
Gota tras gota, el suelo ocre se teñía de rojo.
Y con la sangre, crecía el bullicio.
También las risas, las cervezas y el humo.
En segundos, la sangre ya corría a chorros.
Pedazos de carne y cuero caían al suelo.
Ya no eran dos ojos contra dos ojos,
ni cuatro patas contra cuatro patas; aun así,
la pelea seguía pareja:
aún ambos corazones palpitaban.
Aún quedaba sangre por derramar;
el espectáculo aún no terminaba.
Hasta que todo terminó.
Las risas y los pulsos se normalizaron.
Los espectadores se alejaron,
con olor a humo y las caras sudadas.
Los espectados también se alejaron,
con desgano y miradas vacías,
con un olor pútrido impregnado en el cuerpo.
Así se alejan del espectáculo los espectados,
con más cicatrices y más heridas,
con menos carne y menos piel,
con menos sangre y menos vida.
Sin más destino que vivir así,
día tras día hasta el último día.
El cual no fue hoy.

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