Una mentira pequeñita
se escondió bajo un sillón,
era apenas una palabra,
un susurro, una ocasión.
—Yo no fui —dijo una boca,
aunque sabía que sí fue,
y la mentira, muy contenta,
se puso un poquito de pie.
Al día siguiente era más grande,
ya llegaba hasta el colchón,
porque para cuidar la primera
inventaron otra explicación.
Después vinieron dos, tres, cuatro,
cada una detrás de otra,
y aquella mentira pequeña
ya no cabía por la puerta.
Pesaba dentro del pecho,
hacía difícil mirar,
porque cuando escondes la verdad
también la tienes que cargar.
Hasta que un día, con miedo,
alguien decidió decir:
—Sí, fui yo. Me equivoqué.
No lo debí esconder así.
Esperó un trueno enorme,
un castigo y un sermón,
pero ocurrió algo distinto:
respiró mejor su corazón.
Porque decir la verdad
no borra lo que ocurrió,
pero permite arreglarlo
y aprender de aquel error.
La mentira se hizo pequeña,
tan pequeña que se marchó,
y en el lugar donde vivía
la confianza regresó.
Por eso, si alguna vez
te equivocas sin querer,
no necesitas ser perfecto:
necesitas responder.
Que valiente no es aquel
que jamás se equivocó;
valiente es quien mira de frente
y dice: “Sí, fui yo.”
Y aunque la verdad a veces
dé un poquito de temor,
una mentira necesita muchas…
la verdad, solo tu valor.
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Autor:
Kenneth (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 21 de septiembre de 2026 a las 23:38
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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