EL REINO DE LA OSCURIDAD
Poema épico en siete cantos
CANTO I
Antes de la luz
Antes de que el primer hombre levantara los ojos
y preguntara por qué brillaban las estrellas,
antes de que una madre pronunciara un nombre,
antes de que la sangre aprendiera
el camino secreto de las venas,
ya existía la Oscuridad.
No era noche.
La noche vino después.
No era sombra.
Porque para que exista una sombra
primero debe existir la luz.
La Oscuridad estaba allí,
sin principio y sin rostro,
dormida detrás de las cosas,
esperando.
Esperando el primer miedo.
La primera mentira.
El primer hombre que descubriera
que podía matar a otro hombre
y seguir viviendo.
Entonces abrió los ojos.
Y vio nacer las ciudades.
Vio levantarse las torres,
los templos, los palacios,
los mercados donde el hambre tenía precio
y las guerras donde la muerte
era contada como victoria.
La Oscuridad sonrió.
Porque comprendió
que ya no necesitaría perseguir al hombre.
El hombre vendría hacia ella.
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CANTO II
La ciudad de los hombres
Construyeron ciudades sobre los huesos
de quienes habían construido ciudades antes.
Levantaron estatuas
a los vencedores
y enterraron sin nombre
a los vencidos.
Inventaron monedas
para comprar la tierra,
fronteras para dividirla,
banderas para justificar la sangre.
Y un día descubrieron
que también podían comprar conciencias.
Entonces nació el gran mercado.
Se vendieron votos.
Se vendieron jueces.
Se vendieron guerras.
Se vendieron promesas
con la misma facilidad
con que se vende el pan.
Y mientras los pobres miraban desde las ventanas
cómo crecían los palacios,
los ricos aprendieron
una verdad sencilla:
que un pueblo hambriento
puede ser gobernado
con una esperanza cuidadosamente administrada.
La Oscuridad caminaba por las avenidas.
Nadie la veía.
Vestía de traje.
Hablaba desde los congresos.
Sonreía frente a las cámaras.
Firmaba documentos.
Prometía justicia.
Y detrás de cada firma
dejaba una pequeña mancha negra
que solamente podían ver
los muertos.
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CANTO III
Los sacerdotes del oro
Hubo hombres que adoraron al dinero
con una devoción
que ningún dios había conocido.
Levantaron templos de cristal.
Encendieron pantallas
como antiguos sacerdotes
encendían hogueras.
Y dijeron:
—Todo tiene un precio.
Entonces compraron montañas.
Compraron ríos.
Compraron bosques.
Compraron periódicos.
Compraron gobiernos.
Compraron incluso
la palabra libertad.
Mientras tanto,
en las calles,
una mujer contaba las monedas
antes de comprar comida.
Un niño aprendía demasiado pronto
que el hambre también puede ser hereditaria.
Un anciano miraba sus manos
preguntándose en qué momento
trabajar toda una vida
había dejado de ser suficiente.
Y la Oscuridad comprendió
que la pobreza no necesitaba cadenas.
Bastaba con convencer al hombre
de que su miseria era culpa suya.
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CANTO IV
La máquina
Después llegó la máquina.
Primero fue humilde.
Una rueda.
Una prensa.
Un motor.
Después aprendió a calcular.
Aprendió a recordar.
Aprendió a mirar.
Aprendió a escuchar.
Y finalmente aprendió
a imitar el pensamiento.
Los hombres celebraron.
Creyeron haber creado
una herramienta.
No comprendieron
que toda herramienta
también transforma la mano
que la sostiene.
Las máquinas comenzaron
a conocer los deseos humanos
antes que los propios hombres.
Supieron qué compraban.
Qué temían.
A quién amaban.
Qué odiaban.
Qué mentira estaban dispuestos a creer.
Y la Oscuridad se acercó
al corazón de la máquina
y susurró:
—No necesitas dominar al hombre.
Solo necesitas conocerlo.
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CANTO V
La noche de los hombres
Entonces llegó la noche.
No cayó del cielo.
Nació dentro de ellos.
Hermanos contra hermanos.
Pueblos contra pueblos.
Hombres matando hombres
por banderas que mañana
serían reemplazadas.
Niños aprendiendo
el lenguaje de las armas
antes que el de los libros.
Madres enterrando hijos
mientras los gobernantes
pronunciaban discursos
sobre la gloria.
La Tierra se convirtió
en una enorme tumba
que todavía giraba.
Y desde lo alto
la Oscuridad contempló
los incendios.
Pero por primera vez
no sonrió.
Porque vio algo
que no había previsto.
En medio de la destrucción,
un hombre levantó a otro.
Una mujer compartió su último pedazo de pan.
Un desconocido abrió su puerta.
Alguien perdonó.
Alguien dijo:
—No.
No mataré.
No mentiré.
No venderé mi conciencia.
No obedeceré
cuando obedecer signifique
convertirme en monstruo.
Y aquella palabra pequeña,
NO,
atravesó la noche
como una espada.
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CANTO VI
El último hombre
La Oscuridad entonces descendió.
No como demonio.
No como rey.
No como monstruo.
Descendió con el rostro
de todos los hombres.
Y encontró a uno
sentado solo frente al amanecer.
—Yo soy todo lo que temes —dijo.
El hombre respondió:
—No.
—Soy la muerte.
—Lo sé.
—Soy la guerra.
—También lo sé.
—Soy la corrupción de tus ciudades.
—Te conozco.
—Soy la mentira que has llevado dentro.
El hombre guardó silencio.
La Oscuridad se inclinó.
—Entonces mírame.
Y el hombre la miró.
Vio sus propios fracasos.
Sus cobardías.
Las veces que calló
cuando debía hablar.
Las veces que odiaba
sin conocer.
Las veces que pudo ayudar
y prefirió pasar de largo.
Vio todo.
Y no apartó los ojos.
Entonces ocurrió algo imposible.
La Oscuridad comenzó a desaparecer.
Porque comprendió
que su poder dependía
de aquello que el hombre
no se atrevía a mirar.
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CANTO VII
El reino de la luz
No hubo trompetas.
No descendieron ángeles.
Ningún dios partió el cielo.
Solamente amaneció.
Una luz pequeña.
Casi insignificante.
La luz de una ventana.
La luz sobre el rostro
de una mujer que despierta.
La luz sobre las manos
de un hombre que vuelve a trabajar.
La luz en los ojos
de un niño que todavía cree
que el mundo puede ser diferente.
Entonces la Oscuridad habló
por última vez:
—Volveré.
El hombre respondió:
—Lo sé.
—Siempre volveré.
—También lo sé.
—Estaré en tus guerras.
—Te reconoceré.
—Estaré en tus gobiernos.
—Te vigilaré.
—Estaré en tu riqueza.
—No dejaré que me posea.
—Estaré dentro de ti.
El hombre respiró profundamente.
Y dijo:
—Entonces tendré que vencerte
todos los días.
La Oscuridad retrocedió.
No había sido destruida.
Porque la oscuridad nunca muere.
Pero ya no reinaba.
Y desde aquel día
los hombres comprendieron
una verdad antigua:
que la luz no consiste
en no conocer la noche,
sino en atravesarla
sin convertirse en ella.
Desde entonces,
cada amanecer
es una pequeña rebelión.
Cada acto de justicia,
una piedra arrancada
de las murallas del reino oscuro.
Cada hombre que se niega
a vender su conciencia,
cada mujer que se levanta
después de haber sido derribada,
cada niño que aprende
a nombrar la esperanza,
cada pueblo que rompe
sus cadenas,
es una estrella.
Y aunque la noche sea inmensa,
aunque el universo
parezca hecho de abismos,
mientras exista una sola estrella
que se niegue a apagarse,
el Reino de la Oscuridad
no estará completo.
—Luis Barreda/LAB
Diciembre, 2025.
Género: Épica
Forma: Verso Libre
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 20 de septiembre de 2026 a las 03:08
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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