LOS SIETE DESPERTARES
(o el mapa que se borra a sí mismo)
I
Primero, el ruido.
Gente corriendo detrás de días que no alcanza,
comprando lo que no necesita
para llenar un hueco
que todavía no sabe nombrar.
El mundo pone vitrinas.
Aprendemos a mirar
sin preguntar
quién escribió el precio.
Los dormidos.
No son peores.
Solo todavía
no han sentido con suficiente fuerza
la necesidad de despertar.
II
Después, una molestia.
Algo que no encaja.
Una pregunta que llega sin invitación
y se sienta en medio de la mesa.
Lo que era verdad
empieza a mostrar sus costuras.
Los que dudan.
Y la duda,
esa rendija por donde entra el aire,
es el primer lujo de los vivos.
III
Luego, la manía de preguntarlo todo.
¿Por qué creo esto?
¿Quién me lo enseñó mientras dormía?
¿A quién le sirve que yo lo crea?
Se levanta la alfombra.
Aparecen las amistades
hechas de respuestas compartidas,
los amores sostenidos
por el acuerdo de no mirar.
Los que cuestionan.
Duele.
Pero el suelo que se rompe
es el mismo
que nos tenía de pie.
IV
Y viene el hambre.
No de pan.
De causas.
Leer, comparar, dudar, volver.
La curiosidad deja de ser visita
y pone sus cosas en el armario.
Los que investigan.
Aunque conviene saberlo:
también el conocimiento
engorda.
V
Entonces, si hay suerte,
algo cede.
El árbol no le discute al río.
El río no desprecia al charco.
Cada uno crece
hacia donde puede.
Uno deja de querer arreglar el mundo
y empieza a aprender a leerlo.
Los que sueltan.
Ya no hay que ganar la conversación.
Hay que escucharla.
VI
Después, si madura,
se cae la necesidad de enseñar.
Nadie tiene que convencerse de nada.
La vida habla sola:
en cómo alguien reparte su silencio,
en cómo escucha,
en cómo da sin que se note,
como quien deja una moneda
donde sabe
que alguien va a pasar.
Los maestros.
No dan clases.
Dan presencia.
VII
Y al final,
un horizonte
que nadie explica del todo.
El ego deja de pedir la palabra.
El apego afloja la mano.
Ya no hace falta tener razón
para estar en paz.
Un hombre bajo un árbol.
Otro con las manos abiertas,
sin nada que perdonar
porque ya lo perdonó todo.
No importan sus nombres.
Solo que alguien,
en algún lugar,
haya llegado hasta ahí
y haya vuelto
sin quedarse a vivir arriba.
Los despiertos.
VIII
Pero el misterio verdadero es otro.
Tal vez no haya siete pisos.
Tal vez no haya escalera.
Tal vez uno sea dormido por la mañana,
dudoso al mediodía,
preguntón por la tarde
y sabio durante tres minutos,
antes de volver a perderse
en su propia cabeza.
Porque despertar
no es una casa.
Es una ventana que se abre.
Una pregunta
que por fin nos atrevemos a hacer.
Y quizá iluminarse
no sea llegar a ninguna parte.
Quizá sea, simplemente,
dejar de correr
detrás de uno mismo.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 20 de septiembre de 2026 a las 00:02
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 2

Offline)
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