No sé rezar,
pero cada noche nombro a alguien como quien reza,
como quien busca con las manos rotas
algo que ya no está en ningún lugar.
Escribía
porque no tenía una piel donde sangrar mis palabras,
y ella entraba en silencio, sin decirme nada,
a leer lo que yo nunca supe decirle de frente,
a beber lo que nunca supe ofrecerle de cerca.
Antes lo leía todo, despacio,
como quien saborea algo que le duele.
Ahora no sé si entra,
no sé si aún hay alguien del otro lado del vidrio
mirando lo que escribo
arder y apagarse solo.
De poemas no vive el hombre —
lo sé, lo supe siempre.
Pero no es de poemas que me estoy muriendo,
sino de quedarme inmóvil
en medio de mi propio incendio,
mirando todas las salidas
como quien mira puertas pintadas en una pared.
Ella fue una sonrisa en medio de mi tormenta,
no la tormenta;
un relámpago breve, no la casa.
Y aun así construí en ese relámpago
todo lo que no tenía dónde vivir.
Y cada día lo nuestro se vuelve más imposible,
no de golpe,
no con un portazo que al menos suene,
sino como muere lo que nadie cuida:
despacio,
en silencio,
sin ceremonia,
hasta que un día simplemente ya no hay nada
donde antes había alguien.
Duele, no lo voy a negar,
saber que se busca cerca
lo que yo sangraba de lejos:
manos de verdad,
piel de verdad,
mientras yo ofrecía solamente tinta.
Duele en el orgullo,
duele en el hueso,
porque yo hubiera cruzado ese océano entero:
a nado,
a rastras,
como fuera,
si hubiera sabido cómo.
Y sigo aquí,
escribiendo poemas que quizás ya nadie lee,
con cartas hechas a mano
que nadie va a tocar jamás con los dedos,
solo con los ojos,
si acaso.
Y ni eso ya.
-
Autor:
El Cronista sin puerto (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 18 de septiembre de 2026 a las 19:03
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.